Atacar al sector privado se ha convertido en la tarea para fomentar la lucha de clase y la división, en una retórica desfasada que los sectores más radicales y peligrosos utilizan para engañar y desinformar a la ciudadanía.
La empresa privada es la gran generadora de riquezas y empleos en un país libre y democrático. Los ataques de los detractores se focalizan en señalar y magnificar que esa generación de riquezas se hace con propósitos mezquinos; sin embargo, dejan de lado la realidad de quien decide invertir en el país para resolver su situación económica creando una empresa, que a la vez ayuda a otros a emplearse y de igual manera resolver su situación económica. En el camino, el empresario de cualquier tamaño se convierte en el contribuyente que, con sus aportes en impuestos, permite que el país funcione, que se hagan obras, que se emplee a funcionarios públicos y que, de forma solidaria, se apoye a los menos favorecidos.
Históricamente, aquellos que han adversado la libre empresa lo hacen propiciando la lucha entre el trabajador y el empleador. Sobran los ejemplos en Panamá y en el mundo, donde esa lucha llevó a los trabajadores a tomar las riendas de las empresas y en el corto tiempo no quedó ni empresa ni empleo. Con mejor resultado están las empresas que, bajo el entendimiento de la dependencia mutua, han logrado mantenerse y crecer en el tiempo.
La empresa privada no es el enemigo; es la corrupción generalizada en todos los ámbitos lo que está destruyendo a la sociedad. Corrupción que debe ser combatida venga de donde venga, malos gobernantes o malos empresarios. Para eso es imprescindible que las leyes y reglas no permitan salidas traseras que propician impunidad. Se requiere que impere la ética, que se castigue de forma ejemplar a los infractores y que se acabe con los desmanes y el juega vivo.
El autor es un ciudadano preocupado
