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La epidemia de soledad llegó a Brasil

Uno de los clichés más asociados al pueblo brasileño entre latinoamericanos y extranjeros es su supuesta alegría de vivir y un carácter extremadamente fiestero y gregario. Pero ¿qué sucede cuando son los propios brasileños quienes cuestionan esas creencias?

Una encuesta inédita de la consultora Market Analysis, realizada sobre una muestra representativa de 1.000 adultos, revela que algo más que uno de cada tres brasileños (35,2%) se siente solo siempre o muy a menudo. A esta cifra se añade otro 6% que no sabe expresar cómo se siente al respecto, una ausencia de opinión que, en el caso de sensaciones negativas (como la soledad y el abandono), suele interpretarse como un indicio de emociones pesimistas. En conjunto, ese 41% de personas que experimenta un malestar afectivo ante una situación frustrante vinculada a la soledad muestra una vulnerabilidad y fragilidad incompatibles con el cliché de alegría, liviandad y cordialidad existencial tradicionalmente atribuido al pueblo brasileño.

Los científicos sociales ya cuestionaban el mito de Brasil como sociedad cordial, sociable y emocionalmente integrada a partir de las estadísticas de violencia social o de profunda desigualdad y discriminación. Hoy se agrega a esa crítica un plano más subjetivo e intimista: la sustantiva quiebra psicológica del sujeto, que exhibe su aislamiento como un desgarro moral y existencial. Ya no se trata del individuo abruptamente extraído de su contexto rural o local y masificado en una multitud solitaria como la descrita por David Riesman a inicios del siglo XX. La soledad hoy reinante no es un mero retrato de la cotidianeidad que acompaña a la persona, sino un estigma que construye una identidad negativa, desmoralizada y paralizante.

Demografía de la soledad

La soledad es considerada hoy la nueva epidemia mundial, especialmente en el Norte desarrollado, una situación que ha impulsado la creación de ministerios y oficinas gubernamentales específicas en países como el Reino Unido, Japón y España. Unos sondeos realizados en más de 142 países por el instituto Gallup en 2023 indicaban que, en promedio, 23% de los adultos consultados se había sentido involuntaria e incómodamente solo el día anterior. En Estados Unidos, algunas encuestas revelaron que entre 2019 y 2024 el porcentaje de personas que se sentían socialmente abandonadas pasó de 31% a 53%. De hecho, ya en 2023 el director general de Salud Pública de Estados Unidos, el doctor Vivek Murthy, declaró la soledad una plaga en su país, y poco después la Organización Mundial de la Salud (OMS) la instituyó como “una amenaza a la salud global”.

La globalización de la soledad, que se extiende hasta geografías como la brasileña, obedece en parte a la lógica estructural que la predetermina: el fenómeno tiende a agravarse primero y con más intensidad entre los sectores económicamente periféricos, lo que deja al descubierto una relación directa entre menos ingresos y más propensión a sentirse desconectado afectiva y socialmente del resto de la sociedad. En Brasil, la sensación de soledad es el doble (aproximándose a 47%) entre quienes pertenecen a los estratos más bajos de la pirámide social (clases C2/D/E) que entre los ciudadanos que se encuentran en la cima de dicha pirámide (clase A). A la precarización económica se le agrega la fragilidad emocional y social.

La mayor exposición a la soledad de grupos específicos, como las mujeres (11 puntos porcentuales más que los hombres) o quienes tienen un nivel de educación menor, revela que las vulnerabilidades se sobreponen. Sin duda, la sobrecarga de tareas entre las mujeres reduce drásticamente las posibilidades de vida social más allá de las obligaciones cotidianas. En el caso de quienes tienen baja escolaridad, la temprana concentración en compromisos de supervivencia y reproducción material básica elimina oportunidades de diversificar sus redes e interlocuciones sociales.

A diferencia de lo que muestran algunos estudios prepandemia, también hay brechas etarias muy significativas. Recientes sondeos conducidos por la asociación sin fines de lucro American Association of Retired Persons (AARP), que ayuda a mejorar la calidad de vida de las personas mayores de 50 años, identifican a la población de más de 45 años como una de las más afectadas por la exclusión social y afectiva. Sin embargo, en Brasil quienes más padecen esa sensación son los jóvenes, lo cual anticipa un futuro sombrío de generaciones emocionalmente desconectadas y socialmente atrofiadas. En términos de soledad, la brecha entre quienes tienen entre 18 y 24 años y quienes tienen 65 o más es del 50%: ese sentimiento afecta a 45% de los más jóvenes frente a 30% de los mayores.

¿Qué causa la epidemia de soledad?

Los análisis sociológicos ayudan a entender el contexto, pero no ofrecen información sobre la narrativa individual que las personas construyen para dar sentido a su situación. Esa narrativa suele explicar la soledad en función de fallas personales o de circunstancias que escapan del control individual.

Como ilustra el estudio de AARP antes mencionado, el debilitamiento de los lazos comunitarios y del compromiso cívico contribuye a ese desarraigo; se trata de causas sistémicas. Pero también sabemos que el uso excesivo de tecnologías de información y entretenimiento, la fractura del orden familiar y el consumismo material como forma de expresarse y relacionarse con otros condicionan el grado de aislamiento individual. En Brasil, las causas de la soledad se atribuyen mucho más al sistema (61% de los consultados) que a las elecciones individuales (26%).

¿Qué genera la epidemia de soledad?

La sensación de exclusión afectiva y abandono social ha estado históricamente asociada al deterioro de la salud personal (menor expectativa de vida, daños neurológicos, mayor consumo de drogas y medicamentos, hábitos no saludables, tendencias depresivas y suicidas, etc.). Algunos optimistas reconocen ciertos paliativos como derivación positiva de la soledad, tales como la adopción de una familia multiespecie con animales y plantas en casa o la exploración curiosa de compañías virtuales ofrecidas por la inteligencia artificial. Sin embargo, no siempre se trata de soluciones que conduzcan a una efectiva integración social, sin mencionar sus costos financieros, no siempre asumibles por quienes suelen proceder de las clases con menores recursos.

Los potenciales efectos negativos de la soledad no acaban aquí. Así como Riesman advertía en su estudio sobre la “muchedumbre solitaria”, la masificación de la soledad se vincula con la anomia colectiva, la radicalización política, el fanatismo y la desconfianza generalizada. De hecho, el estudio de Market Analysis indica que los brasileños que se sienten solos también se sienten más inseguros, se adhieren menos a la democracia, son más pesimistas, admiten tener menos control sobre su vida digital y el tiempo que le dedican, y viven su conectividad de manera conflictiva y abrumadora, como una carga o fuera de su control.

Con legiones de personas que se encuentran solas de manera involuntaria y viven con incomodidad su aislamiento social y afectivo, Brasil participa con un peso significativo en uno de los fenómenos más desconcertantes de nuestra era: la implosión emocional de generaciones basada en su tristeza y sensación de abandono afectivo, en lugar de una explosión participativa y creativa basada en su aspiración de mejorar la sociedad y el planeta.

El director es director de Market Analysis, consultora de opinión pública con sede en Brasil, y actual presidente de WAPOR Latinoamérica, capítulo regional de la asociación mundial de estudios de opinión pública: www.waporlatinoamerica.org.


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