Si le preguntamos a un padre de familia qué desea en la educación escolar de sus hijos, probablemente responda que tengan buenas calificaciones o que se destaquen en alguna profesión en el futuro. Es de esperar que el niño o joven se discipline en lograr sus mejores calificaciones para ser el orgullo de la familia. Pero, por otra parte, ¿qué buscará en realidad ese estudiante que se siente presionado ante tantas expectativas? Muchos se abruman al punto de que sienten que no van a lograr sus objetivos y caen en un abismo de incertidumbres y tristeza. Tal vez hay que voltear la mirada hacia el alma de cada niño para comprender que las calificaciones son importantes en su formación académica, pero su bienestar interno es más primordial. Es aquí donde encontramos el valor de educar el alma de cada joven que busca formarse más integralmente.
Josep María Esquirol, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona, escribió el libro La escuela del alma: de la forma de educar a la manera de vivir. En esta obra, Esquirol enfatiza la importancia de volver a la esencia humana, a lo más básico de la convivencia en comunidad. Y esto lo dice porque vivimos en un mundo más aislado por los dispositivos móviles, la esclavitud a la tecnología y la manipulación de ideas que nos atacan constantemente. Es en este mundo que tenemos, los educadores y padres de familia tienen la imperiosa necesidad de crear más comunidad dentro del hogar y en cada aula. Hay que volver a las conversaciones con más intercambio de ideas y crear un ambiente seguro en que cada niño o joven presente sus puntos de vista para facilitar un ambiente de aprendizaje constante de todos y para todos. Pero para eso, también necesitamos fomentar un alma dispuesta a aprender dentro y fuera del aula de clases. Toda esta preparación es para orientar al estudiante a la gran escuela: la escuela de la vida.
Si nos ponemos a pensar en la avalancha de distracciones que tenemos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que, como seres humanos, estamos precisamente perdiendo mucha humanidad en el proceso. Nos encontramos con seres insensibles o metidos en sus propios mundos sin considerar que hay otros seres humanos sufriendo a causa de esa indiferencia. ¿Tiene más valor tener un video de una persona agonizando y hacerlo viral que ayudarlo a sobrevivir? Para algunos, esa necesidad de crear “contenido” en redes sociales raya con la falta de escrúpulos y valores. Pareciera que hemos perdido la capacidad de aprender de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.
Recurrir al yo interno y cómo nos conectamos con el resto de los seres humanos es la vía para educar el alma. El aprendizaje más significativo viene de nuestras experiencias porque el alma se debe conectar con el mundo exterior. Por tal razón, Esquirol aboga por la aplicación de las nuevas formas, que deben ser parte de la formación humana. Las nuevas formas se representan en la expresión escrita, la lógica abstracta (matemáticas y geometría) y expresiones artísticas como la música y la pintura. También hay que reconocer que tenemos vulnerabilidades, imperfecciones y dudas, pero que debemos reconocerlas para aprender de ellas y tener más libertad.
En este inicio del año escolar, quiero dejarlos con esta reflexión sobre el mundo que vivimos y la educación del alma. Que los estudiantes tengan una oportunidad de conectarse con ellos mismos y con el mundo a través de la comunicación y la empatía. Que la preparación para sus vidas empiece con sus almas.
La autora es docente universitaria/Florida State University-ROP
