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La generación de las pantallas y el silencio de la infancia

La generación de las pantallas y el silencio de la infancia
Un niño con un teléfono celular. / Getty Images

No soy nutricionista, no soy psicóloga infantil ni soy especialista en neurodivergencia. Soy madre y maestra. Y a veces eso basta para ver cosas que deberían preocuparnos a todos.

En los últimos años he notado algo que me inquieta profundamente: cada vez más niños pequeños —entre los 0 y cinco años— llegan con retrasos en el habla, dificultades para procesar información, problemas de atención y adaptación.

No hablo desde un estudio científico. Hablo desde el aula, desde el hogar, desde la observación cotidiana de una madre que también educa.

Hay una escena que se repite demasiado: niños muy pequeños frente a una pantalla durante horas. El celular como niñera. La tablet como calmante. El televisor como compañía permanente. Y mientras la pantalla brilla, algo en el niño parece apagarse.

Los primeros años de vida son un laboratorio extraordinario para el cerebro humano. Es en ese tiempo cuando se construyen las bases del lenguaje, la atención, la curiosidad, la capacidad de comprender el mundo. Pero el cerebro infantil no aprende mirando un dispositivo: aprende mirando rostros, escuchando voces, tocando objetos, cayéndose, preguntando, jugando. Aprende viviendo.

También observo otra variable que no siempre queremos mirar de frente: la alimentación. Cada vez es más común ver dietas cargadas de azúcares, ultraprocesados y alimentos que alimentan el cuerpo a medias y la mente aún menos. No es casualidad que el cuerpo y el cerebro se desarrollen juntos.

No pretendo señalar culpables. Ser padre o madre hoy es agotador. Muchos adultos viven corriendo entre el trabajo, el estrés y las responsabilidades. A veces la pantalla parece la única tregua posible. Pero debemos preguntarnos algo con honestidad: ¿a qué costo?

No podemos normalizar que niños de tres o cuatro años hablen poco, se frustren con facilidad o tengan dificultades para concentrarse como si fuera simplemente “la nueva generación”. Tal vez no sea la generación. Tal vez sea el entorno que les estamos dando.

Los niños necesitan conversación, movimiento, contacto, historias, naturaleza, silencio, juego libre y presencia adulta. Presencia real. No se trata de demonizar la tecnología. Vivimos en una era digital y sería ingenuo negarlo. Pero la infancia no puede construirse alrededor de una pantalla. La infancia necesita humanidad.

Como madre y como docente, no escribo estas palabras para juzgar, sino para invitar a reflexionar. Porque el desarrollo de un niño no es un asunto privado: es el presente y el futuro de una sociedad. Cada niño que aprende a pensar, a hablar, a comprender el mundo… es una inversión silenciosa en el mañana. Y cada infancia que dejamos en pausa frente a una pantalla es una oportunidad que quizás no vuelva.

Tal vez ha llegado el momento de volver a mirar a nuestros hijos a los ojos. Ahí empieza todo.

La autora es maestra y escritora.


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