Una situación que en principio parece absurda, pero que resulta ser cierta, es una paradoja por definición. Un contrasentido, una contradicción y hasta un disparate que, sin embargo, termina siendo realidad.
Vivimos en la época del absurdo, en la que quienes adoctrinan a las masas vía redes sociales no poseen el más remoto conocimiento validado sobre aquello que “instruyen” a su audiencia. Y es que poseer conocimiento ya no es necesario para ser considerado un experto, en el tema que sea.
Fracasados del sistema educativo dictan seminarios sobre cómo ser exitosos en la vida. Delincuentes comprobados son considerados eminencias y los invitan a todos los programas de televisión para opinar sobre cómo combatir la corrupción. Violadores de derechos humanos son oradores en conferencias sobre la paz, y las entidades que administran justicia están infiltradas por el narcotráfico.
¿En qué cabeza cabe que algo así puede funcionar? Pues en la nuestra.
Nosotros permitimos que un sistema que indulta delincuentes siga siendo el referente. Nosotros permitimos que las entidades públicas estén repletas de incompetencia. Nosotros aplaudimos delincuentes y los elevamos al nivel de héroes.
Vivimos en una sociedad en la que, si el pobre roba, es un delito castigado de inmediato; pero si roban los ricos o los poderosos, hay casa por cárcel y presunción de inocencia. Además, los megaladrones no tienen que devolver lo robado, ni existe responsabilidad para quienes cometen errores en perjuicio del país. Señores, lo malo es malo, lo haga quien lo haga.
¿Qué les sucede a los fiscales que, por falta de pericia, cometen un “error” que resulta en la liberación de un narcotraficante, por ejemplo? ¿Qué pasa cuando un funcionario firma concesiones ad infinitum con empresas que no tributan, pero sí perjudican al país? ¿Por qué al ciudadano se le aprieta, pero a los connotados corruptos se les trata con tanta laxitud?
Estas son algunas preguntas sobre las paradojas que permite la ley en nuestro país.
Creo que, para que nuestros flamantes tribunales puedan finalmente meter preso a un corrupto, debemos contratar a alguien habilidoso que les meta dos iguanas en la casa o una cabeza de plátanos en el maletero del carro para que, cual rayo, el sistema los mande a Punta Coco.
Da risa, pero es así. Somos una sociedad que ha pasado de ser patriótica a ser dependiente de pillos disfrazados de políticos, que aprovechan la inacción de los cerebros para vender humo en campañas vacías, cuyo único resultado son cinco años de latrocinio, desvergüenza y aumento de la deuda pública. Y es deuda pública porque, si bien son ellos los que se roban la plata, la pagamos todos. Ya no se está riendo, ¿verdad?
“Es que todos los que suben roban, y si no lo hacen, son unos pendejos”. No, amigo lector. Hay un refrán que explica por qué algunas personas piensan así, y lo dice bastante claro: “Piensa el ladrón que todos son de su condición”. Ciudadanos pillos, que eligen a su corsario predilecto para luego quejarse de que salió a robar.
Que un pueblo que elige gente con extensos prontuarios en vez de currículums como autoridades se sorprenda cuando sus elegidos saquean el erario es una paradoja.
Quejarse en el mundo virtual y esperar que eso tenga algún resultado en el mundo real es una paradoja.
Saber que durante ocho meses una región ha estado sumida en una crisis de agua, por negligencia de funcionarios desde hace décadas, pero estar alistando maletas para ir todos precisamente a esa región a saltar mientras nos rocían con agua, es la gran paradoja. Derrochar un recurso que ha sido escaso por meses, mientras promovemos una amnesia temporal y cómoda porque no hemos podido solucionar un problema vital, esa es otra gran paradoja.
¿De dónde creen que sacan el agua para festejar?
Como diría el genial Pedro Altamiranda: “¡Campana, campana, guaro y campana!”
Dios nos guíe.
El autor es ingeniero y escritor.

