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La huella de los encuentros

La huella de los encuentros
Imagen conceptual elaborada con asistencia de IA.

Querido y gentil lector:

Hay personas que llegan a nuestra vida sin avisar. Algunas aparecen cuando menos las esperamos y terminan quedándose durante muchos años. Otras pasan por nuestro camino durante un tiempo breve y, cuando se marchan, pensamos que quizá aquel encuentro no significó demasiado.

Con el tiempo he aprendido que no siempre es así.

Hay personas que permanecen toda una vida y, sin embargo, no consiguen transformar nuestra manera de mirar el mundo. Y hay otras que estuvieron solamente un momento y dejaron dentro de nosotros una pregunta, una enseñanza, una herida o una nueva manera de comprender algo que antes no éramos capaces de ver.

Quizá por eso creo que los encuentros humanos tienen algo de misterio.

Nunca sabemos realmente qué significado tendrá una persona cuando aparece frente a nosotros. Al principio solamente vemos a alguien que acaba de entrar en nuestra historia. Conversamos, compartimos momentos, conocemos sus costumbres, sus sueños, sus miedos. Y solamente mucho después, cuando el tiempo ha pasado, comprendemos que aquel encuentro tenía un sentido que entonces no podíamos imaginar.

A veces una persona llega para enseñarnos a querer.

Otras veces llega para enseñarnos a poner límites.

Hay quienes nos enseñan la generosidad, la paciencia, la confianza. Y también existen aquellos encuentros que nos enseñan, quizá de la manera más dolorosa, aquello que nunca más queremos permitir en nuestra vida.

No todas las enseñanzas llegan envueltas en momentos felices.

Esto es algo que me ha costado comprender.

Durante mucho tiempo pensé que las personas que nos hacían daño simplemente habían pasado por nuestra vida para hacernos sufrir. Hoy prefiero pensar que incluso de esas experiencias podemos extraer algo, aunque eso no significa justificar el daño ni agradecerlo.

Significa aprender.

Porque hay experiencias que solamente conseguimos comprender cuando dejamos de preguntarnos por qué ocurrieron y comenzamos a preguntarnos qué nos dejaron.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas de crecer.

También he descubierto que no debemos medir el valor de una relación únicamente por su duración. Estamos acostumbrados a pensar que aquello que dura muchos años necesariamente tiene más importancia que aquello que apenas duró unos meses o unos días.

Pero la vida no siempre funciona de esa manera.

Una conversación puede cambiar una decisión.

Una amistad puede devolvernos una confianza que habíamos perdido.

Una persona puede decirnos una frase aparentemente sencilla y acompañarnos con ella durante años.

Incluso alguien que ya no forma parte de nuestra vida puede continuar existiendo en nuestra manera de pensar.

Porque las personas también dejan huellas invisibles.

Nos dejan palabras, gestos, recuerdos, maneras de mirar las cosas. A veces descubrimos que estamos repitiendo una frase que alguien nos dijo hace muchos años o que estamos contemplando una situación desde una perspectiva que aprendimos gracias a aquella persona.

Y entonces comprendemos que algunas personas no desaparecen completamente cuando se marchan.

Se quedan convertidas en una parte de lo que somos.

Querido lector, quizá tú también tengas personas así en tu historia.

Personas que recuerdas con una sonrisa. Otras que recuerdas con cierta tristeza. Algunas a las que todavía agradeces haber conocido y otras a las que quizá tardaste mucho tiempo en perdonar.

Pero todas forman parte de ese extraño tejido que llamamos vida.

Yo no creo que todos nuestros encuentros estén destinados a durar para siempre.

Algunas personas llegan para caminar con nosotros durante muchos años. Otras solamente nos acompañan hasta una determinada estación de nuestro camino. Y cuando llega el momento de continuar, sus caminos y los nuestros toman direcciones diferentes.

Eso también es parte de vivir.

Quizá una de las cosas más difíciles sea aprender a despedirnos sin pensar que todo aquello que terminó careció de sentido.

Hay relaciones que terminan y siguen teniendo valor.

Hay historias que no tuvieron el final que imaginábamos y, aun así, fueron importantes.

Hay personas que ya no están y todavía podemos reconocer algo de ellas en nosotros.

Y quizá eso sea suficiente.

Porque al final no podemos decidir cuánto tiempo permanecerá alguien en nuestra vida, pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que aprendimos mientras estuvo.

Por eso, cuando pienso en las personas que han cruzado mi camino, ya no me pregunto solamente quiénes se quedaron.

También pienso en quiénes llegaron, qué me enseñaron y qué parte de mí cambió después de conocerlas.

Tal vez la vida sea precisamente eso: una sucesión de encuentros que poco a poco nos van construyendo.

Algunos nos enseñan a amar.

Otros, a perdonar.

Otros, a alejarnos.

Otros, simplemente nos recuerdan que todavía somos capaces de sentir.

Y quizá algún día, sin darnos cuenta, descubramos que también nosotros fuimos una de esas personas para alguien más.

Una persona que llegó, dejó una pequeña enseñanza y continuó su camino.

Y me gusta pensar que, si alguna vez fue así, la huella que dejamos no tiene que ser enorme.

A veces basta con haber hecho un poco más amable el camino de alguien mientras estuvimos allí.

La autora es escritora.


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