El planeta hoy en día vive una encrucijada en cuanto al manejo hídrico. Por ello, se hace necesario implementar modelos de gestión. En este contexto, es importante recalcar que el agua dulce es el recurso más crítico de nuestra era. Aunque en un principio se consideraba inagotable, hoy esa percepción ha cambiado.
Por lo tanto, la huella hídrica surge como un indicador de consumo, vinculado a la necesidad de una gestión comunitaria que, en muchos casos, se observa en desfase en nuestros pueblos, especialmente en América Latina.
Es paradójico pensar que, aunque el 70% de la superficie terrestre está cubierta por agua, solo el 2.5% es dulce y, de este porcentaje, apenas el 1% es accesible para nuestras comunidades.
Frente a este escenario, las comunidades apuestan por la implementación de programas orientados a fortalecer la resiliencia ambiental, teniendo como punto de partida la capacidad de recuperar los recursos mediante la integración de medidas comunitarias.
En este sentido, la huella hídrica puede convertirse en una herramienta para acercarse a las comunidades desde el conocimiento hídrico, permitiendo identificar focos de contaminación, incluso aquellos de carácter irreversible, e impulsando la creación de círculos virtuosos necesarios para el empoderamiento colectivo.
Aunado a esto, existe una deficiente gestión de las aguas residuales. Según estadísticas, el 80% de las aguas residuales del mundo retorna al medio ambiente sin tratamiento alguno, lo que evidencia la necesidad de fomentar una cultura de acción comunitaria responsable.
Es así como la alfabetización ambiental emerge como una estrategia clave para promover una educación acorde con los desafíos del nuevo siglo. Se plantea entonces el uso adecuado de este recurso de manera óptima y responsable, incorporando nuevas tecnologías para el ahorro hídrico.
En este contexto, existen diferentes tipos de riego que contribuyen a fortalecer la economía de los países, promoviendo una agricultura sostenible. Actualmente, diversas comunidades buscan organizarse mediante el uso de recursos disponibles, impulsando una educación ambiental que comience desde las generaciones más jóvenes, con una visión de relevo generacional.
En el caso de Panamá, existen proyectos y normativas orientadas a promover la huella hídrica comunitaria. Sin embargo, aún hace falta fortalecer la alfabetización ambiental en nuestras generaciones. Se puede empezar desde el hogar, calculando la huella hídrica personal mediante campañas comunitarias y acciones cotidianas, como el uso de duchas ecológicas, temporizadores y sistemas de ahorro de agua. Asimismo, es fundamental atender la huella gris, garantizando una adecuada disposición de los desechos.
También es importante destacar el concepto de cosecha de agua, que surge como una alternativa frente a la escasez hídrica en muchas comunidades.
Ante los múltiples problemas hídricos existentes, especialmente en Panamá debido al cambio climático, la huella hídrica se presenta como una herramienta de gestión sostenible y comunitaria en acción constante.
La autora es bióloga y estudiante de Maestría en Paisajismo y Gestión Ambiental de la Universidad de Panamá.


