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La IA no es una grúa: ¿cuál es nuestro papel ante la nueva Estrategia de Inteligencia Artificial?

La IA no es una grúa: ¿cuál es nuestro papel ante la nueva Estrategia de Inteligencia Artificial?
AFP via Getty Images

El Consejo de Gabinete aprobó la Resolución 89-26, que adopta la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (IA) de Panamá. El objetivo es ambicioso: convertir al país en el «Hub Confiable de Innovación en Inteligencia Artificial de América Latina», apostando por nuestra conectividad, servicios globales y estabilidad institucional. Se trata de un hito en la agenda de modernización tecnológica nacional. Sin embargo, en medio del entusiasmo institucional y empresarial, resulta indispensable hacer una pausa para plantear una pregunta crucial: ¿qué responsabilidades, riesgos y dependencias estamos asumiendo de forma silenciosa mientras aceleramos la integración de esta herramienta en nuestras vidas?

La estrategia abarca infraestructura, inversión y soberanía tecnológica. Habla poco del factor humano: de cómo pensamos y de lo que perdemos o ganamos cuando delegamos nuestro esfuerzo intelectual.

Empecemos por lo estructural y la profunda brecha de oportunidades. Según el Observatorio de Políticas de IA de CAF (Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe) y Oxford Insights, apenas el 42% de la población rural panameña tiene acceso a internet de alta velocidad. Un hub tecnológico no se edifica con decretos. Se construye con conectividad real, escuelas equipadas y docentes capacitados en todo el país. Mientras unos pocos capitalizan la tecnología para aumentar su productividad, la gran mayoría sin acceso queda aún más rezagada. Sin un enfoque distributivo intencional, la IA no democratizará el progreso. Profundizará las históricas desigualdades educativas y socioeconómicas del país.

A este abismo de acceso se suma un vacío urgente: la falta de regulación. Panamá promueve el desarrollo tecnológico, pero carece de un marco regulatorio robusto contra los sesgos algorítmicos, el uso indebido de datos, la pérdida de privacidad o la desinformación masiva. Nos entusiasmamos con la adopción, pero postergamos las reglas del juego. Sin normativas claras que protejan a los ciudadanos y fiscalicen estas herramientas, la confianza no pasa de ser un eslogan publicitario.

Existe también una segunda brecha, menos visible pero crítica, relacionada con el impacto mental. Un estudio del MIT Media Lab monitoreó durante cuatro meses a 54 estudiantes en tres escenarios: escritura sin asistencia, con motores de búsqueda y con ChatGPT. Mediante electroencefalogramas, los investigadores identificaron que el grupo sin asistencia mostró una conectividad cerebral más robusta en áreas asociadas con el pensamiento crítico, la creatividad y la memoria. En contraste, el grupo con IA reflejó menor actividad cerebral y menor sentido de autoría sobre su trabajo. Lo más inquietante: al dejar la herramienta, no recuperaron de inmediato su involucramiento mental.

Los investigadores llaman a esto «deuda cognitiva». Es la pérdida progresiva de capacidades cuando delegamos el razonamiento en un sistema automatizado. A diferencia de la calculadora, que nos libera de operaciones repetitivas para resolver problemas más complejos, la IA generativa puede reducir el ejercicio de las capacidades requeridas para razonar, recordar y crear por cuenta propia. Tratarla como una simple herramienta de cálculo es un grave error de diagnóstico.

Un estudio complementario de Microsoft y Carnegie Mellon halló una tendencia similar en entornos laborales. A mayor dependencia ciega de la IA, menor es la capacidad de evaluación independiente y pensamiento crítico de los profesionales. No es un problema de estudiantes distraídos. Es un dilema intergeneracional de profesionales que aprenden a trabajar en una era en la que la herramienta decide por ellos antes de que hayan aprendido a cuestionarla.

Cada interacción entrega información valiosa: decisiones financieras, ideas de negocios y datos personales. Adoptar la IA sin criterio no genera eficiencia, sino una preocupante transferencia de autonomía hacia sistemas que no rinden cuentas, ignoran el contexto local y no asumen las consecuencias de sus errores. La verdadera competitividad no consiste en producir respuestas inmediatas mediante algoritmos ajenos. Es la capacidad humana de cuestionar, validar e interpretar éticamente los resultados.

Nada de esto busca rechazar la IA. Eso sería ingenuo. Es un llamado a usarla con la misma disciplina con la que Panamá quiere posicionarse como hub: construyendo criterio propio antes de apoyarnos en la herramienta y teniendo la honestidad de preguntarnos, cada vez que abrimos un chat, si estamos resolviendo un problema o dejando de aprender a resolverlo nosotros mismos. La estrategia nacional definirá hacia dónde va el país. Lo que hagamos con nuestra mente sigue siendo decisión nuestra.

La autora es egresada del Laboratorio Latinoamericano de Acción Ciudadana.


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