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La IA y el experto legal

La IA y el experto legal
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Hace algunas semanas conversaba con varios abogados sobre inteligencia artificial. La conversación arrancó como siempre: alguien habló de rapidez, otro de riesgos y, al rato, cayó la pregunta de rigor sobre si la tecnología va a reemplazar al abogado.

No creo que sea la mejor manera de plantearlo. Después de más de treinta años trabajando con sistemas, auditoría y seguridad de la información y, más recientemente, en el ejercicio del Derecho, he visto que la tecnología rara vez borra una profesión de un día para otro. Lo primero que hace es transformar las tareas repetitivas que pueden estandarizarse o realizarse con mayor rapidez.

Uno de los abogados presentes dijo algo que se me quedó grabado. Comentó que buena parte de sus actividades cotidianas es casi de proforma. Y después preguntó:

—¿Y si eso se elimina?

No hablaba de la estrategia de un caso complejo ni de una audiencia. Hablaba de esos documentos que las oficinas guardan como plantillas y en los que, en la práctica, se cambian nombres, fechas y datos generales del cliente.

Esa parte del trabajo ya está cambiando. La inteligencia artificial prepara ese tipo de documentos con rapidez, los adapta a instrucciones concretas y hasta detecta inconsistencias que se nos escapan por cansancio o por rutina. Usar plantillas nunca fue una falta profesional; durante años fue la manera lógica de trabajar. Lo que cambió es que ahora existe algo que hace lo mismo en menos tiempo y con menos errores.

Y ahí aparece lo incómodo. Dentro de pocos años, será difícil justificar que un cliente pague varias horas únicamente por preparar un documento que una herramienta puede organizar en minutos. El abogado seguirá siendo necesario, pero tendrá que explicar mejor dónde empieza su aporte real. Entregar el texto no basta. Hay que interpretar la situación, advertir riesgos, discutir alternativas y responder por la recomendación.

Esto me recuerda a lo que ya pasa en las universidades. He visto estudiantes entregar trabajos hechos casi por completo con IA, mientras los profesores todavía buscan cómo evaluar qué aprendieron. El documento se ve bien presentado, pero el estudiante no puede defenderlo ni explicar cómo llegó a esa conclusión.

En mis años como docente he aprendido algo que parece sencillo: una respuesta correcta no siempre demuestra que el estudiante entendió. A veces llega al resultado, pero no sabe sostenerlo cuando uno le pregunta.

No sé si eso mismo va a trasladarse a la abogacía. Sospecho que, en parte, sí. Mi preocupación de fondo no es que una herramienta redacte más rápido o mejor que uno. Es que dejemos de valorar el pensamiento jurídico y terminemos aceptando como criterio lo que es apenas una respuesta probable producida por un sistema.

También puede pasar otra cosa. Un cliente con amplio acceso a explicaciones, modelos y argumentos generados por IA podría decidir que no necesita asesoría. Tal vez intente defenderse solo y, en algún caso, le vaya bien. Si algunos casos aislados resultan favorables, podría extenderse la percepción equivocada de que la asesoría profesional ya no es necesaria. Sería una conclusión errónea, pero no podemos descartarla solo porque nos incomode.

Nuestra respuesta no puede ser negar la tecnología ni proteger tareas que ya se automatizan. Hay que concentrarnos en lo que aporta mayor valor: el criterio, el contexto, la experiencia y la responsabilidad. Una herramienta sugiere una estrategia, pero no conoce lo que el cliente calla. Redacta un contrato, pero no siempre entiende qué relación comercial hay detrás. Cita una norma, pero no responde si está derogada.

Y, como profesional de la seguridad de la información, me preocupa la facilidad con la que pueden subirse expedientes, contratos y datos personales a plataformas sin saber qué ocurre después con esa información. El secreto profesional no se suspende porque la herramienta sea gratuita y parezca sencilla. Un error de ese tipo no se corrige alegando después que uno no leyó las condiciones de uso.

La inteligencia artificial ya está en el escritorio del abogado. No tiene sentido fingir que se va a ir. Lo que toca es aprender a usarla sin entregar en el camino aquello que nos hace necesarios.

La IA puede preparar un documento en minutos. Qué hacer con ese documento debe seguir siendo decisión del abogado.

El autor es abogado, ingeniero en sistemas y especialista en ciberseguridad, protección de datos e inteligencia artificial aplicada al ejercicio profesional.


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