Lo publicó el diario The Washington Post: «El Proyecto Panamá es nuestro esfuerzo para escanear de forma destructiva todos los libros del mundo», afirmaba la empresa de inteligencia artificial Anthropic en un documento que es parte de un proceso judicial que revela un plan de compra masiva de libros para entrenar a una IA y luego destruirlos.
¿Dónde está el grito en el cielo del Ministerio de Cultura, parte del gobierno de paso firme? ¿Dónde está la campaña de la Cancillería de la República reclamando una reparación moral por el perjuicio de tomar el nombre de un país y ponérselo a un proyecto deleznable como ese?
Llamarse Panamá tiene que ser importante. Cuando no nos tomamos en serio nuestro patrimonio inmaterial, y nada lo es más que un nombre, se creerán siempre con el derecho de hacernos de menos. Quizás a Anthropic, con aquello de los papers, le pareció buena idea tirar del tópico de país bananero, incluido en listas grises y con una cultura obviable, quién sabe, pero lo cierto es que aquí, en nuestro país imaginario, la tibieza ante la noticia demuestra que nos da bastante igual que nos traten así.
Como sociedad, como país, debemos pedir explicaciones de por qué alguien, en cualquier parte del mundo, se cree con derecho a tomar el nombre de nuestro país para usarlo como le da la gana. No debemos permitirnos esta nueva forma de desprecio hacia nuestra reputación. Ya bastante tenemos con el clientelismo y la corrupción como para permitir que, a nivel internacional, se nos asocie con semejante «proyecto».
Cuando despreciamos la importancia de llamarnos Panamá, pasan estas cosas; cuando no nos tomamos en serio, los demás tampoco. A ver si las «fuerzas vivas» de la cultura de este país se mueven más allá del cliché y nuestros «periodistas» más mediáticos se atreven a escribir sobre este asunto. Estamos tan ensimismados que no vemos el poco aprecio que tienen algunos por quienes somos.
El autor es escritor.


