Quienes fuimos esgrimistas en la década del 70 recordamos bien aquella frase que nos repetían los entrenadores, casi como un mantra: “La insistencia… llega”. No era solo una consigna deportiva. Era una forma de entender la vida.
A mí me acompañó más allá de la pista. Me sostuvo cuando fui educadora y también cuando me tocó el oficio más exigente de todos: ser madre.
No voy a hablar de esgrima. Quiero hablar del poder, a veces subestimado, de las campañas de concientización.
En Panamá no es que no existan. Sí las hay. Aparecen en octubre para promover las mamografías, cuando llegan las lluvias para recordar las vacunas, en diciembre para hablar del ahorro o en noviembre para reforzar el respeto a los símbolos patrios. El problema no es la ausencia, sino la fugacidad. Llegan… y se van.
Y así, poco cambian.
Una campaña de concientización no puede ser un esfuerzo pasajero. Tiene que sostenerse en el tiempo, repetirse, adaptarse, insistir. Porque la insistencia, como bien aprendimos, llega. Llega a la mente, llega a los hábitos, llega a la cultura.
Tal vez haya campañas que nunca deban terminar. Tal vez lo único que deba cambiar sea el lema, el tono, la forma de conectar con nuevas generaciones.
Para que una campaña funcione, lo primero es saber qué se quiere lograr. Parece obvio, pero no siempre lo es. Luego, hay que hablarle a la gente en su propio lenguaje, entender a quién va dirigido el mensaje. No es lo mismo dirigirse a un niño que a un adulto, ni a una comunidad urbana que a una rural.
También hay que invertir. Sí, cuesta. Pero cuesta más la ignorancia. Cuesta más la superficialidad con que a veces enfrentamos los problemas. Y cuesta mucho más la politiquería que sustituye soluciones reales por gestos vacíos.
Los medios importan. Todos cuentan: la televisión, la radio, la prensa, las redes, las escuelas, las ferias. Pero sigo creyendo que, cuando se trata de concientizar, escuchar tiene un peso especial. Lo que se oye, se queda.
Y luego está el lema. Debe ser claro, breve, fácil de recordar. Un lema no es un adorno; es el corazón de la campaña.
Recuerdo uno que aprendí de mi nieto, de apenas ocho años. Un lunes, después del himno, toda su escuela gritó: “No es broma si lastima. Yo elijo no hacer bullying”. Ahí entendí que la enseñanza más profunda no siempre viene de arriba hacia abajo.
También escuché alguna vez otro mensaje sencillo y poderoso: “Me niego a ser cómplice”.
Cuando mis hijas eran pequeñas, yo misma improvisé una campaña doméstica que duró años: “Al que a nada apunta, a nada llega”. Han pasado décadas y aún lo repiten. Lo han hecho suyo. Esa es la prueba de que la insistencia funciona.
Pero no basta con lanzar mensajes. Hay que evaluar. Ver qué cambia, qué no, qué se puede mejorar. Y, sobre todo, involucrar a la gente. Una campaña es más fuerte cuando cada ciudadano se siente parte de ella, cuando observa, cuestiona y también vigila.
Porque la concientización no ocurre por decreto. Ocurre cuando la persona se detiene a pensar, cuando comprende las consecuencias de sus actos y decide actuar distinto.
¿Sobre qué podríamos hacer campañas en este país? Sobre casi todo.
Sobre reducir la velocidad en las barriadas. Sobre poner la basura donde corresponde. Sobre usar las líneas peatonales. Sobre la cortesía en el servicio público. Sobre el respeto a las normas de tránsito.
Sobre algo tan urgente como recordar que la mujer no es un objeto, y que quien vulnera sus derechos está atentando contra la dignidad de toda la sociedad.
Sobre la importancia de palabras simples que sostienen la convivencia: “buenos días”, “permiso”, “por favor”, “gracias”.
Sobre entender que la democracia no es hacer lo que a uno le da la gana, sino ejercer la libertad sin atropellar la de los demás.
Sobre comprender que el turista no viene a quitar, sino a aportar.
Sobre practicar la tolerancia, que no es otra cosa que aprender a convivir.
Nos hace falta, como sociedad, volver a lo esencial. Volver a nacer en valores.
Y no olvidar nunca aquella lección que, con los años, ha demostrado ser cierta: la insistencia llega.
La autora es educadora jubilada.


