Hay cosas que todavía no comprendo del corazón humano. No porque sean complejas, sino porque se repiten todos los días y aun así seguimos cayendo en ellas. Vivimos convencidos de que no es falta de amor lo que nos aleja, sino falta de tiempo. Como si el tiempo fuera un enemigo externo y no una elección silenciosa que hacemos a diario.
Decimos que estamos ocupados. Que tenemos demasiados asuntos encima. Que la vida pesa. Y es cierto: pesa. Pesa el trabajo, las deudas, las responsabilidades, el cansancio, las preocupaciones que no se apagan ni siquiera cuando cerramos los ojos. Pero en medio de todo eso, sin darnos cuenta, vamos dejando a un lado a quienes más queremos. No por maldad. No por desamor. Por descuido.
Postergamos una llamada porque “mañana, con más calma”. Aplazamos una visita porque “ahora no es buen momento”. Respondemos con mensajes cortos, con abrazos apurados, con silencios que no explicamos. Nos decimos que después habrá tiempo para sentarnos a escuchar, para preguntar de verdad “¿cómo estás?”, para decir “te extraño”, “me importas”, “gracias por estar”.
Y así pasan los días. Y las semanas. Y a veces los años.
La ironía que llamamos vida se manifiesta justo ahí: en creer que quienes amamos siempre estarán disponibles, esperando pacientemente a que resolvamos nuestros asuntos. Como si el amor fuera infinito y la presencia garantizada. Como si las personas no se cansaran, no se desgastaran, no envejecieran, no se fueran.
Cuidamos agendas, cumplimos plazos, respondemos correos urgentes. Pero olvidamos que el afecto también requiere presencia, atención, intención. Olvidamos que amar no es solo sentir, sino detenerse, incluso cuando todo empuja a seguir corriendo.
Y no hablo desde la comodidad del juicio. Hablo desde la experiencia. A mí también me ha pasado. También me he hecho a un lado. También he creído que mis asuntos eran más urgentes que una conversación pendiente, que un abrazo sin prisa, que un momento compartido. También he fallado en dar prioridad a quienes merecían recibir mi afecto ahora, no después.
Porque el después es traicionero.
Hay un momento —siempre llega— en que el tiempo se acaba sin previo aviso. Y entonces hacemos todo lo que no hicimos: buscamos, llamamos, lloramos, recordamos. Decimos en voz alta lo que guardamos durante años. Pero ya no hay a quién decirle. Ya no hay manos que sostengan, ni oídos que escuchen, ni hombros que respondan.
Nos sobra amor cuando ya no hay presencia.
Tal vez el problema no sea la muerte, sino nuestra costumbre de vivir aplazando. De amar a medias. De asumir que habrá otra oportunidad para demostrar lo que sentimos. Nadie nos enseña a cuidar lo cotidiano, a valorar lo simple mientras existe, a entender que la presencia también es frágil.
La vida es una ironía silenciosa: te da personas extraordinarias, pero te las envuelve en rutina. Te da momentos valiosos, pero los disfraza de días comunes. Y cuando por fin despiertas… ya pasó.
Por eso hoy, sin tragedias ni fechas marcadas, dejo estas palabras como un recordatorio —para ti y para mí—: ama ahora. Di ahora. Abraza ahora. Prioriza ahora.
No esperes que una ausencia irreversible te enseñe lo que pudiste hacer en vida.No pierdas a nadie creyendo que habrá un después.
Porque la vida, esta ironía que habitamos, no promete un después. Promete solo un ahora.
La autora es maestra y escritora.

