La lámpara de Diógenes es una famosa anécdota atribuida al filósofo Diógenes de Sinope, quien, a plena luz del día, caminaba por Atenas con una lámpara encendida y respondía, a quien le preguntaba, que “buscaba a un hombre honesto”. Su acción se constituyó en una sátira contra la hipocresía y la falta de integridad moral de jueces y gobernantes de la época, expresando así su desilusión ante la dificultad de hallar honestidad y sinceridad en un mundo plagado de acomodos e injusticias. La lámpara de Diógenes se convirtió, de ese modo, en un símbolo perdurable de la búsqueda de la verdad, la justicia y la honestidad.
Este pasaje de Diógenes me recordó una etapa de la historia panameña en la que, blandiendo únicamente pañuelos blancos en la mano, el pueblo exigió justicia en las calles, encabezado por la Cruzada Civilista Nacional, haciendo temblar de rabia y frustración a los denominados Doberman, enviados a reprimir a la ciudadanía por el cobarde y sanguinario dictador Manuel Antonio Noriega, durante la dictadura militar en nuestro país.
Ambas remembranzas vienen a colación a raíz de que el Órgano Judicial declaró recientemente nula la investigación contra Mario Martinelli, hermano del expresidente Ricardo Martinelli, y con esa insólita decisión revocó, además, un acuerdo de pena mediante el cual el propio acusado, tras admitir su culpabilidad, se había comprometido a pagar al Estado $3.2 millones y a cumplir una condena de 40 meses de prisión. Al parecer, todo se sustentó en un exquisito tecnicismo legal, consistente en la omisión de una solicitud de autorización por parte de los fiscales para extender el período de investigación. Poco importó a los magistrados José Hoo Justiniani, Eyda Amarilis Juárez y Dida Esther Ruiz la confesión voluntaria de culpabilidad en un caso particularmente sensible, en el que la lesión patrimonial al Estado panameño superó los $12 millones.
Esta decisión no solo envía una señal perversa sobre el persistente y deplorable estado de la administración de justicia, sino que además se contradice a sí misma, pues el trabajo inicial de los fiscales y el rol del juez que avaló el acuerdo de pena quedan virtualmente desechados, como si bastara “mover la palanca” para borrar todo el proceso. Conviene recordar los nombres de esos jueces, aunque seguramente los hermanos Martinelli ya los tengan muy presentes, celebrando desde sus respectivas y lujosas madrigueras una noticia de fin de año tan favorable como inesperada.
A los miembros del Órgano Judicial, en general, les convendría recordar que el respeto no se regala ni viene incorporado al cargo: se merece. Para reforzar esta idea y cerrar este escrito, vale traer otra célebre enseñanza de Diógenes. Tal era su fama que Alejandro Magno quiso conocerlo. Llegó acompañado de su escolta y, al ponerse frente a él, le dijo: “Soy Alejandro. Pídeme lo que quieras”. Diógenes, sin inmutarse, respondió: “Quítate, que me tapas el sol”. La reacción de los presentes fue de escándalo. Sorprendido, Alejandro preguntó: “¿No me temes?”. Diógenes replicó con otra pregunta: “Gran Alejandro, ¿te consideras un buen hombre o un mal hombre?”. Ante la respuesta afirmativa del rey, el filósofo concluyó: “Entonces, ¿por qué habría de temerte?”. Alejandro pidió silencio y dijo: “Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”. A lo que este respondió: “Y si yo no fuera Diógenes, también querría ser Diógenes”.
El autor es escritor y pintor.

