Si algo puede salir mal, probablemente escogerá hacerlo en la hora pico.
En Ciudad de Panamá, la Ley de Murphy no necesita visa ni trámite de residencia; en realidad, podríamos decir que llegó primero. Porque, antes de convertirse en una de las frases más famosas del mundo, su creador ya había nacido en el Istmo.
Basta con intentar llegar puntual a una reunión para comprobar que Murphy sigue teniendo influencia en Panamá. El día que uno sale con tiempo aparece un accidente, un semáforo dañado, una calle en reparación o una lluvia tropical que convierte la ciudad en un inmenso estacionamiento. Si, además, dejó el paraguas en casa, Murphy parece haber renovado su cédula con honores.
Y cuando, por fin, uno llega, descubre que la reunión fue pospuesta.
La frase es conocida por todos: «Si algo puede salir mal, saldrá mal». Pero la historia detrás de ella tiene un curioso sabor panameño.
Edward A. Murphy Jr., el ingeniero estadounidense a quien se atribuye la famosa Ley de Murphy, nació en la Zona del Canal de Panamá en 1918. Años después se convertiría en ingeniero aeroespacial y participaría en experimentos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos relacionados con los efectos de la aceleración sobre el cuerpo humano.
Fue durante una de esas pruebas, en 1949, cuando surgió la frase que lo haría famoso. Un técnico instaló incorrectamente unos sensores y Murphy comentó, con la lógica de quien conoce los errores humanos, que, si existía una manera de hacer algo mal, alguien terminaría haciéndolo.
Aquella observación, nacida de una frustración laboral, terminó viajando mucho más lejos que cualquier experimento y se convirtió en una de las expresiones más utilizadas para describir esos momentos en que la vida parece tener un extraño sentido del humor.
Lo interesante es que Murphy nunca quiso crear una filosofía del pesimismo. Su mensaje era práctico: si existe una posibilidad de falla, hay que anticiparla. Los buenos sistemas no se diseñan pensando que nada saldrá mal, sino preparados para cuando algo falle.
En otras palabras, la Ley de Murphy no es una invitación a esperar problemas; es una invitación a prevenirlos.
Con el tiempo, el humor popular hizo el resto. La ley comenzó a multiplicarse en versiones que todos reconocemos: la fila de al lado siempre avanza más rápido; el documento importante aparece en la última carpeta que revisamos; el celular se queda sin batería justo cuando llega la llamada más importante; el pan cae del lado de la mantequilla; y el carro decide encender la luz de «revise el motor» exactamente antes de un viaje.
Nos reímos porque todos hemos sido protagonistas de alguna de esas escenas.
Pero detrás de la sonrisa hay lecciones importantes.
La primera es la humildad. La perfección no existe. Los errores forman parte de la vida y la inteligencia está en aprender de ellos.
La segunda es la prevención. Revisar, planificar y tener alternativas no es pensar negativamente; es aprovechar la experiencia.
La tercera es la capacidad de adaptación. Los imprevistos llegan sin pedir permiso, pero nuestra reacción ante ellos está en nuestras manos.
Y la cuarta, quizá la más panameña de todas, es no perder el sentido del humor.
Porque en Panamá sabemos que hay días en que «se junta todo». Se fue la luz, empezó a llover, el sistema se cayó, el tráfico colapsó y, para completar la faena, uno descubre que dejó algo importante en la casa.
Murphy, seguramente, sonreiría.
No porque disfrutara de nuestras complicaciones, sino porque entendería que la paciencia y el buen humor son herramientas tan importantes como cualquier tecnología.
Quizá Edward Murphy nunca imaginó que una frase nacida en Estados Unidos terminaría siendo reclamada cariñosamente por la tierra donde nació. Pero la ironía es demasiado perfecta para ignorarla: el hombre que enseñó al mundo que las cosas pueden salir mal comenzó su propia historia precisamente en Panamá.
Así que, en honor a la verdad histórica, la Ley de Murphy no tuvo que sacar cédula panameña.
Ya nació aquí.
Y si hoy regresara al Istmo, probablemente no pediría residencia. Bastaría con aprender a decir «¡ombe!», recargar el Panapass y aceptar una realidad que todos conocemos: hay batallas que ni la ingeniería puede ganar, como intentar vencer el tranque de la ciudad a las cinco de la tarde.
Al final, la Ley de Murphy no nos enseña que todo saldrá mal. Nos recuerda algo mucho más útil: los imprevistos forman parte de la vida, pero la forma en que respondemos a ellos define nuestra capacidad para seguir adelante.
Porque el verdadero fracaso no está en que algo salga mal.
El verdadero fracaso está en que, cuando ocurra, no aprendamos nada.
Y si Murphy nació en Panamá, al menos podemos decir que desde temprano aprendió una lección fundamental del Istmo: cuando la vida se complica, siempre queda la opción de reírse un poco.
El autor es abogado, educador y periodista.

