Cuando yo era un pelao, antes de la película principal en el cine siempre presentaban una cómica. Hace poco recordé una de Tribilín, estrenada en 1950 bajo el título Motor Mania, que parecía una simple caricatura, pero que en realidad contenía una lección muy seria.
En esa historia, Tribilín representaba al “Señor Walker”: un peatón amable, educado, respetuoso e incapaz de hacerle daño a nadie. Pero apenas se subía al automóvil, encendía el motor y tomaba el volante, sufría una transformación completa. Dejaba de ser aquel ciudadano tranquilo y se convertía en el “Señor Wheeler”: un conductor agresivo, impaciente, egoísta y convencido de que la calle le pertenecía.
Lo que en aquel tiempo era una sátira animada hoy parece una descripción bastante exacta de lo que ocurre todos los días en nuestras calles. En Panamá, basta salir a manejar para comprobar que esa vieja “locura del motor” no ha desaparecido. Al contrario, se ha multiplicado.
Ahora el problema no se limita al automóvil. También están los conductores que tienen la mala costumbre de salir tarde para hacer sus diligencias; se desplazan apurados, y este personaje es uno de los principales responsables de presionar a los demás, como si estos tuvieran la culpa de su retraso. Están también los motociclistas que se meten entre los carriles como si el espacio fuera estirable; los conductores que no respetan señales ni distancias; los usuarios de patinetas eléctricas que quieren la velocidad de un vehículo, pero la libertad de un peatón; y también los peatones imprudentes que cruzan por donde les da la gana, como si el tráfico tuviera la obligación de adivinar sus movimientos.
El problema de fondo no es solo el medio de transporte. Es la actitud. Algo ocurre cuando una persona entra al tráfico. El asiento del carro, el casco de la moto, la velocidad del patín o la prisa del conductor o del peatón parecen producir una falsa sensación de poder, de urgencia o de impunidad, bajo la idea de que todos tienen que apartarse para dejarlo pasar. Gente correcta, educada y amable en otros espacios cambia de carácter cuando pisa la calle. La razón se queda en la casa, en la guantera o en la acera.
A esto se suman los tranques diarios, los embotellamientos interminables, el calor, la prisa, el ruido, la falta de cortesía y los constantes cierres de calle. Hoy, salir a manejar en la ciudad de Panamá no es simplemente trasladarse de un punto a otro. Muchas veces es entrar en una prueba de paciencia. La calle se ha convertido en una trampa de frustración, y quien no sale preparado para dominar sus emociones puede terminar dominado por ellas.
Ese es el verdadero peligro. No se trata solamente de perder unos minutos en el tráfico. Se trata de perder el control. Un pitazo —o, lo que es peor, quedarse pegado a la bocina descargando todo el enojo—, una mala palabra, una maniobra imprudente, un cierre intencional del paso o una discusión en plena vía pueden convertir un mal momento en una tragedia. En cuestión de segundos, una persona decente puede terminar envuelta en un accidente, una pelea, una denuncia penal o una vida arruinada.
Por eso, la seguridad vial no debe limitarse a enseñar señales de tránsito o reglas mecánicas de conducción. También debe enseñar autocontrol. Manejar no es solo saber mover un vehículo; es saber gobernarse a uno mismo mientras se mueve. El conductor que no domina sus impulsos es tan peligroso como el que no conoce la ley de tránsito.
Sería muy útil que las autoridades viales incorporaran la proyección obligatoria de esa cómica de Tribilín, Motor Mania, antes de otorgar una licencia de conducir por primera vez o al momento de renovarla. No resolvería todos los problemas, desde luego. Pero sería una lección sencilla, visual y memorable sobre lo que puede pasar cuando una persona permite que el volante le cambie el carácter.
Panamá necesita mejores calles, mejor transporte, mejor planificación y más autoridad. Pero también necesita mejores ciudadanos en la vía pública. La convivencia no empieza en los grandes discursos, sino en cosas tan simples como ceder el paso, respetar una fila, no insultar, no cerrarle el paso al otro, no acelerar por rabia y no convertir cada trayecto en una batalla personal.
Quien maneja un automóvil, una motocicleta, una patineta eléctrica o simplemente camina por la ciudad debe recordar algo elemental: la vía pública no es un tinglado de boxeo. Es un espacio común donde todos tenemos el mismo derecho a llegar sanos a nuestro destino.
La próxima vez que el tranque, la prisa o la impaciencia quieran tomar el control, conviene respirar, bajar la velocidad interior y recordar a aquel viejo Tribilín. Porque, al final del día, nadie gana por llegar rabioso. Lo importante es llegar vivo, tranquilo y entero a casa.
El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.