En Panamá, el agua no solo falta: también se negocia. Detrás de la escasez, los cortes, la contaminación y los servicios deficientes, aparece una realidad incómoda: la mano peluda de intereses oscuros que convierten un bien común en negocio privado. Mientras unos pocos se benefician de contratos, concesiones, permisos y decisiones poco transparentes, muchas comunidades siguen esperando agua limpia, continua y digna. El verdadero problema no es solo la falta de agua, sino quién controla su acceso, quién lucra con su manejo y quién paga el precio de esa desigualdad.
A esta realidad no escapa la comunidad panameña, para nadie es ajeno el negocio que algunas personas con poder político, que en algún momento han tenido este poder, o cercanos al poder tienen sobre los negocios de distribución de agua potable en carro cisterna. Jugosos y sabrosos contratos, sólo a fines del 2024 el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan) pagó alrededor de 23.8 millones de dólares por este servicio, y en 2025 otros 10 millones. ¡Qué bueno! La gente tiene agua una vez al día en muchos hogares. Sí tiene agua, pero ¿a qué costo?
Y sí, en lugar de pagar millones de dólares en soluciones temporales, ¿el Estado invirtiera esos mismos fondos?, o incluso más, ¿en estudios hídricos serios para llevar agua de forma permanente a las comunidades que la necesitan? ¿Y si parte de esos recursos se destinan a reparar los sistemas de distribución de agua potable que hoy funcionan de manera deficiente, sin mantenimiento adecuado y con pérdidas constantes?
Es necesario que el Estado invierta en mejores tecnologías de potabilización, capaces de remover no solo contaminantes biológicos, sino también metales pesados, agroquímicos, residuos industriales y otras sustancias de alto riesgo para la salud humana. ¿Ha escuchado usted hablar de los microcontaminantes? Son compuestos presentes en bajas concentraciones que, en muchos casos, no se eliminan completamente mediante los tratamientos convencionales utilizados en las plantas potabilizadoras. Ejemplos de estos son residuos farmacéuticos como el paracetamol, antidepresivos, etc.; moléculas derivadas del uso de plásticos, residuos de cosméticos, filtros UV presentes en protectores solares y pesticidas como productos antiparasitarios utilizados para mascotas.
Pero aquí aparece el verdadero reto: enfrentar la crisis del agua no solo exige tuberías, plantas, estudios y tecnología; también exige voluntad política para quitar del medio a esa mano peluda que se beneficia del desorden, de la emergencia permanente y de la improvisación. Porque mientras la solución estructural avanza lentamente, los negocios de la escasez se mueven rápido. Y mientras el pueblo espera agua limpia y continua, algunos siguen encontrando en cada sequía, cada daño y cada cisterna una oportunidad para facturar.
A medida que avanzamos como sociedad, también aumenta la complejidad de la contaminación que generamos. Cada año, los nuevos contaminantes y las presiones sobre los recursos hídricos nos obligan a invertir más en ciencia, tecnología e innovación para garantizar agua segura y de calidad.
Pero si ni siquiera invertimos lo suficiente para conocer cuántos metros de tubería se necesitan para renovar el viejo sistema de distribución de la ciudad de Panamá, ¿cómo pretendemos enfrentar los retos actuales? Y más preocupante aún: ¿cómo enfrentaremos los desafíos que ya vienen en materia de calidad del agua, contaminación emergente y seguridad hídrica?
La mano peluda en el agua representa esos intereses ocultos que, desde las sombras, convierten un bien común en un negocio privado. Cuando el agua se maneja como botín político o económico, deja de ser un derecho y se convierte en un instrumento de poder. Ya no se distribuye según la necesidad de la gente, sino según la conveniencia de quienes controlan las decisiones, los contratos y los permisos. Entonces, la escasez deja de ser solamente una crisis natural o técnica, y se transforma en una forma de dependencia.
En ese escenario, cada comunidad sin agua queda atrapada entre la promesa y la espera; entre el discurso oficial y la realidad de abrir una pluma seca. La mano peluda no solo se beneficia de la falta de soluciones permanentes, sino que también necesita que el problema continúe, porque donde hay abandono, improvisación y emergencia, también hay espacio para el negocio. Por eso, defender el agua es mucho más que exigir tuberías, pozos o plantas potabilizadoras: es exigir transparencia, justicia y dignidad. El agua no puede seguir siendo administrada por manos invisibles que lucran con su escasez; debe ser protegida como un derecho, un patrimonio común y una condición básica para la vida de todos los panameños.
El autor es doctor en Recursos Hídricos y Cambio Climático.


