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La mentira a medias sobre la representatividad de la democracia panameña

Aunque constitucionalmente nuestra República se define como una democracia representativa, esa representatividad se encuentra realmente distorsionada respecto a la voluntad popular y al resultado electoral de cada quinquenio. Dentro de las distintas posibilidades democráticas, es preciso afirmar que estaríamos mejor representados por un sistema de sufragio en el que gane quien obtenga aunque sea un voto más, en lugar de que sean elegidos candidatos a través del residuo.

El sistema electoral panameño, especialmente el mecanismo de medio cociente y residuos, constituye una deformación de la democracia moderna y del principio de igualdad del voto. Una democracia representativa se caracteriza por ser la estructura mediante la cual los ciudadanos delegan el poder en funcionarios que los representan y gobiernan en su nombre, con el objetivo supremo de canalizar la diversidad popular dentro de la nación. No obstante, el concepto de democracia representativa o formal —la cual se enfoca en el marco legal sobre el que se basa el juego democrático, cumpliendo con todos los procedimientos para que una mayoría delegue en otros la toma de decisiones—, en contraposición a la democracia directa o participativa, carece de mecanismos suficientes para superar las limitaciones que surgen cuando el único rol del ciudadano es elegir a sus representantes.

Los principios democráticos de Alemania y su nivel de representatividad constituyen un claro ejemplo de cómo los sistemas electorales mixtos pueden ofrecer soluciones a los vacíos que presenta nuestra democracia. En el sistema electoral alemán, los ciudadanos tienen derecho a dos votos: uno para elegir a representantes directos y otro para votar por listas de partido, lo que equivaldría al voto proporcional o cuota de representatividad, el cual determina el número final de parlamentarios que conformarán el Bundestag. Además, el sistema constitucional alemán garantiza la estabilidad del orden democrático al promover la formación de coaliciones y exigir que los partidos obtengan al menos el 5 % de los votos para ingresar al parlamento.

Otro aspecto importante es que el sistema alemán dificulta —en el sentido positivo del término— la necesidad de invocar el derecho a la resistencia de los ciudadanos (es decir, el derecho a desobedecer o derrocar a un gobierno que actúe en contra del orden constitucional), ya que hace más difícil que un solo grupo político o individuo concentre todo el poder, abre canales institucionales para la oposición y garantiza alternancia real y representación plural de la ciudadanía.

Un sistema que favorece la estabilidad será siempre preferible a otro que promueva la fragmentación, ya que el primero corrige automáticamente las distorsiones propias de las tensiones electorales. La distorsión de la democracia, ya sea directa o representativa, implica un mayor deterioro de las instituciones diseñadas para limitar el abuso de poder, el nepotismo y la corrupción. No obstante, existen otros aspectos que deben considerarse para evaluar si la representatividad funciona en favor del bienestar común de la República, tales como la relación entre votos y escaños, la inclusión de minorías políticas y la reducción del desperdicio de votos.

En primer lugar, la relación entre votos y escaños debe traducirse en una mayor inclusión de partidos e ideologías sin vulnerar la decisión de las mayorías. Si bien las minorías deben ser protegidas y escuchadas en una democracia, la voluntad de la mayoría también debe respetarse, quod ita est.

En segundo lugar, la inclusión de minorías políticas es esencial para la representatividad. Aunque puedan existir críticas respecto al umbral mínimo del 5 % en Alemania para acceder al parlamento, este porcentaje garantiza mayores posibilidades de diversidad política sin caer en una fragmentación extrema. En contraste, como ocurre en Panamá, distorsionar la proporcionalidad de los votos en favor de partidos grandes con el objetivo de asegurarles una mayor cantidad de curules, aun cuando el rechazo ciudadano en las urnas haya sido evidente, no implica mayor representación del pueblo, sino una forma de manipulación política.

Finalmente, reducir el desperdicio de votos debería ser un objetivo central de toda democracia representativa. No resulta coherente que un candidato con veinte mil votos directos pierda frente a otro con diez mil votos indirectos, generando como consecuencia el desecho de miles de votos y una percepción de injusticia electoral.

En nuestro país, la supuesta proporcionalidad termina penalizando a partidos medianos y nuevos debido a una distorsión del concepto mismo de proporcionalidad, que en la práctica se traduce en una sobrerrepresentación de los partidos tradicionales. Esto incentiva el personalismo y el clientelismo por encima de la democracia programática y la participación ciudadana. Mucho se habla de la creciente fragmentación de las democracias, pero se ignora que dicha fragmentación también depende del diseño institucional mediante el cual elegimos a nuestros representantes. En otras palabras, una democracia representativa con mecanismos más directos —como referéndums vinculantes, cabildos abiertos y plebiscitos frecuentes— podría corregir varios de los males de nuestro sistema electoral, permitiendo escuchar a los ciudadanos de manera constante y no únicamente cada cinco años.

En términos políticos, los diputados con bajo porcentaje real de respaldo carecen de la legitimidad necesaria para gobernar o legislar. En consecuencia, la composición legislativa pierde credibilidad y se produce una débil correspondencia entre la voluntad nacional y lo que finalmente termina siendo la Asamblea Nacional.

El autor es internacionalista.


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