Rosanel Quiroga, cuadro de Honor en el Remón, primer puesto, no puede llevar la bandera panameña encabezando la representación de su instituto porque no nació aquí.
Ella, que tiene por un gran honor poder hacerlo —su dedicación y esfuerzo le ha costado—, no puede acceder al privilegio que le corresponde: no nació aquí, es extranjera. En redes, los comentarios de un nivel de ignorancia que rondan la xenofobia, no se han hecho esperar.
«Uno no es de donde nace, sino de donde pace», dice el refrán, y los más pragmáticos agregan que «uno es de donde paga sus impuestos», y no les falta razón, lo cierto es que es bochornoso, muy necio, ningunear a aquellos que han decidido hacer de nuestro país el suyo, honrando la patria como se debe: estudiando, trabajando, no delinquiendo, negándose al clientelismo, erradicando de sus costumbres cualquier tipo de corrupción.
La necedad de ser panameño radica en creer que Dios lo es, que vivimos en la mejor tierra del mundo, y ser tan provincianos que no seamos capaces de ver el valor de aquellos que vienen a nuestra tierra a buscarse un futuro, y no ponerse en la piel de sus paisanos que viven fuera, y que anhelan también ser tenidos como parte del país y la comunidad en la que pacen.
Somos valientes para negarle una bandera a una muchacha cuadro de honor, pero estamos dispuestos a pagar lo que no tenemos para ver a cualquier cantante extranjero, o escribimos artículos alabando a escritores, pintores o cineastas de afuera, pero a los nuestros, muy panameños, los ninguneamos. Así de incoherentes y necios somos, así de poco inteligentes.
Ojalá fuésemos tan estrictos con leyes y costumbres importantes, como la de no robar, como la de no dejarse comprar por una bolsa de comida. El juegavivo es el tricolor patrio, ese que no llevaría ningún buen ciudadano sea de don de sea, y que aquí sacamos a desfilar con orgullo.
El autor es escritor.
