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La noche en que el reggaetón desafió al imperio

Bad Bunny y la batalla por la hegemonía cultural

La noche en que el reggaetón desafió al imperio
El cantante puertorriqueño Bad Bunny actúa en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX. EFE/ Chris Torres NO VENTAS ZONA EPA

En medio del espectáculo más pulido, comercial y estadounidense por excelencia —el Super Bowl—, un puertorriqueño vestido como un vendedor ambulante de Harlem se subió a un auto destartalado y, sin pedir permiso, tomó el micrófono. No vino a asimilarse ni a sonreír, tampoco a agradecer la oportunidad. Vino a montar una barriada completa en medio de una cancha de fútbol americano, a servir copas en una tiendita, a recordar las manos sangrantes de la zafra y a hacer perrear a 134 millones de personas. Bad Bunny no solo ofreció un show; detonó un acto de insubordinación cultural perfectamente coreografiado, un manifiesto político envuelto en reggaetón que dejó al descubierto las heridas de una América Latina migrante y desató la ira predecible de una derecha en plena ofensiva geopolítica y doméstica.

Este no fue un mero entretenimiento. Fue la punta de lanza de una batalla por la hegemonía, en el sentido más gramsciano del término. Mientras Donald Trump y sus cómplices vociferaban con desprecio en redes sociales, millones de latinos —desde abuelos en Miami y Chicago hasta jóvenes en California y Nueva York— se reconocían en cada detalle de esa escenografía. El mensaje fue claro y confrontacional: esta es nuestra historia, esta es nuestra música, este es también nuestro país, y no necesitamos su aprobación para cantar y bailar, para existir.

Del perreo a la sinfonía urbana: la evolución artística de un género marginal

Durante décadas, las élites culturales —incluidas muchas dentro de la propia América Latina— despreciaron el reggaetón. Se le tachó de simple, repetitivo, vulgar, limitado a expresiones sexuales explícitas y prendas ostentosas. El show de Bad Bunny elevó el lenguaje del callejón a una épica visual y sonora. No abandonó el perreo; lo puso a dialogar con la historia.

El momento más sublime y político fue la transición. Mientras las coristas bailaban salsa en un elegante descapotable rojo, Bad Bunny, en el centro, imponía un ritmo cavernoso y percusivo. No era una mezcla; era una conversación generacional con la salsa, ese género creado por migrantes caribeños y puertorriqueños en los barrios neoyorquinos de los años setenta. El reggaetón es el nieto rebelde, digital y callejero. Juntos en ese escenario dibujaron un linaje ininterrumpido de resistencia sonora. Fue la respuesta artística a una pregunta nunca formulada: “¿De dónde viene esto?”. El reguetonero respondió, desafiante: de nosotros, de nuestra capacidad de crear belleza en la adversidad.

Este salto cualitativo no es inocente. Demuestra que artistas nacidos en barrios marginados de San Juan o de Panamá tienen la capacidad, la complejidad y la profundidad para crear y recrear musicalmente sus vivencias pasadas y presentes en el centro del imperio y contar, desde ahí, su propia versión de la historia. Ya no es la música que suena casualmente en la fiesta; es la música que da sentido a la celebración.

La casita, la tiendita y la zafra: el diccionario visual de la migración

Cualquier latino que haya crecido en una ciudad estadounidense reconoció instantáneamente ese escenario. No era una fantasía; era la memoria colectiva hecha escenografía.

La casita puertorriqueña con sus tejas y colores no es una cabaña pintoresca: es el sueño de la casa propia, el núcleo de la familia extendida, el pedazo de la isla reconstruido en el Bronx o en Orlando.

Las sillas plegables de metal son el mueble universal de las fiestas en el garaje, del cumpleaños de la abuela, del niño que se duerme a las tres de la mañana mientras los adultos siguen bailando. Son la silla de la comunidad, fácil de acomodar y mover porque el espacio interior es pequeño, pero las ganas de hacer fiesta son enormes.

El poste de luz en la esquina del barrio, testigo de juegos infantiles, amores furtivos y conversaciones hasta tarde, es punto de referencia en un mapa emocional. Un poste que se apaga cada semana por la incompetencia de las autoridades.

La tiendita de Toñita fue un detalle nuclear. Toñita, dueña del “Toñita’s Sports Bar & Grill” en Williamsburg, Brooklyn, es una leyenda viva. Su negocio ha sido, durante décadas, mucho más que un bar: un centro comunitario, una oficina de asistencia social no oficial, un refugio. Verla allí, sirviéndole un trago a Bad Bunny, fue canonizar la figura de la matriarca comunitaria, la que sostiene la red invisible que el sueño americano desconoce.

La zafra fue el golpe más duro y poético: hombres con machetes, sudor y esfuerzo agrícola. El recuerdo del origen, de la explotación colonial que forzó migraciones masivas. Una imagen que parecía decir: antes de que nuestro ritmo llenara tus estadios, nuestras manos llenaron tus tazas de azúcar.

Y luego, la culminación: el desfile de banderas. No solo la puertorriqueña, sino las de toda América Latina. El mensaje fue una bofetada a la idea de “América” como propiedad exclusiva de un país. Este continente tiene muchos nombres, muchas historias, y todas estaban allí, caminando por un campo de fútbol americano.

La rabia del poder: por qué reaccionaron con furia

Las reacciones no se hicieron esperar. Donald Trump, en Truth Social, lo calificó de “horrible” y “la peor actuación de la historia”. Comentaristas de Fox News hablaron de “basura”, “vulgaridad” y “ataque a los valores americanos”. No fue una crítica estética; fue un ataque visceral.

Porque entendieron el mensaje. Bad Bunny no pedía un lugar en la mesa; mostraba que millones ya estaban sentados en ella. El show fue un acto de hegemonía cultural en tiempo real: la apropiación del símbolo supremo del espectáculo deportivo estadounidense para narrar una historia alternativa a la del “Make America Great Again”. Una historia de diversidad, resistencia migrante y orgullo identitario.

La reacción iracunda prueba que el golpe fue certero. No es una guerra de tanques; es una guerra de significados. Y esa noche el significado de “americano” se amplió de forma irreversible.

Más allá del show: una narrativa en disputa

¿Constituye esto una narrativa alternativa a la de Trump? Es más que eso: es su antítesis en tiempo real.

Moviliza desde la alegría combativa y el amor comunitario, no desde el miedo. Conecta el pasado agrícola colonial, el presente urbano migrante y proyecta un futuro de unión latinoamericana. Fue una epopeya condensada en minutos.

El halftime show de Bad Bunny fue mucho más que un concierto. Fue la toma de la Bastilla cultural. Demostró que la verdadera fuerza no reside únicamente en el poder político formal, sino en la capacidad de contar la historia que millones viven. Y esa historia, narrada a través del arte de la música y la danza, resulta imparable. Esta batalla por la hegemonía se perfila como decisiva en una guerra cultural que comenzó con fuerza a inicios de este siglo y que, una década antes, Samuel Huntington ya había anticipado en Choque de civilizaciones.

El autor es profesor e investigador del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México.


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