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La OEA en tiempos de fragmentación de América Latina

La fragmentación regional debilita la capacidad de América Latina para enfrentar problemas comunes.

La OEA en tiempos de fragmentación de América Latina
56 Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Foto: Cortesía OEA

Los problemas que hoy enfrenta la mayor parte de los países de América Latina tienen dimensiones que van más allá de lo nacional. Aunque cada país vive a su manera las dificultades del proceso de globalización y las enormes transformaciones provocadas por una revolución tecnológica sin precedentes, se trata de procesos que exceden las fronteras nacionales.

Las respuestas que exigen el menor crecimiento económico, la transformación del trabajo, el aumento de las desigualdades, la destrucción del medio ambiente y la expansión del crimen organizado requieren la acción de los Estados. Pero estos desafíos traspasan las fronteras y exigen una mejor coordinación entre los países, que el sistema multilateral debe ser capaz de proporcionar.

América Latina ha creado en las últimas décadas numerosas agrupaciones, de contenidos políticos muy distintos, para enfrentar estos desafíos. Sin embargo, la Organización de los Estados Americanos (OEA) es la única institución perdurable que ha existido de manera permanente en las Américas durante cerca de 80 años.

Creada en 1948 sobre la base de la preexistente Unión Panamericana, no es una agrupación de países cuyos líderes se reúnen de vez en cuando para intentar coordinar sus acciones. Es una organización permanente, con estatutos, sede central y oficinas en las Américas, que ha generado buena parte de los tratados, acuerdos y declaraciones que constituyen el marco jurídico interamericano.

En el sistema interamericano también se han desarrollado instituciones como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que además actúa como oficina regional para las Américas de la Organización Mundial de la Salud.

En el marco interamericano se impulsaron compromisos como la Alianza para el Progreso, se adoptó en 1969 la Convención Americana sobre Derechos Humanos y, en 2001, la Carta Democrática Interamericana, que estableció el compromiso colectivo de los Estados de defender la democracia representativa.

La OEA podrá haber enfrentado ciclos difíciles, pero sigue siendo la única organización vigente que puede cumplir un papel político a escala regional. Mucha gente critica cuánto más podría hacerse desde la Organización, pero, analizada en perspectiva, ahí está también su participación en la crisis centroamericana, que comenzó con los esfuerzos diplomáticos de Contadora y culminó con la estabilización de una región que vivía entre dictaduras y guerras internas.

El fortalecimiento del multilateralismo también debe extenderse a la integración económica. La incorporación de Chile como miembro asociado del Mercosur fue paralela a negociaciones con otros socios comerciales importantes, como Canadá, la Unión Europea, Estados Unidos y numerosos países de Asia-Pacífico, entre ellos China, Japón y Corea del Sur. Esta estrategia permitió una expansión sin precedentes de las exportaciones chilenas.

Panamá tiene una aproximación similar a la de Chile. Es una economía abierta que debe buscar mercados a partir del pragmatismo y de la legítima defensa de sus intereses exportadores. Por su posición geográfica y su Canal, tiene un espacio para que las economías del Mercosur vean en el país una nueva plataforma de valor para sus mercados y para generar sinergias hacia otros bloques comerciales.

Pero siempre será necesario cuidar los equilibrios en materia arancelaria y tributaria, como ocurrió cuando Chile ingresó como miembro asociado del Mercosur y tuvo que armonizar esa decisión con los estándares exigidos por sus demás acuerdos comerciales.

La recuperación del multilateralismo regional también resulta indispensable frente a la crisis venezolana. La OEA no solo puede cumplir un papel: debe hacerlo. Para empezar, Venezuela debería reincorporarse efectivamente a la Organización y, a partir de allí, debería proponerse un camino de democratización acorde con la Carta Democrática Interamericana.

Es indispensable que existan nuevas elecciones en plazos claros y que la democracia vuelva a imperar, ya sea mediante una nueva Constitución o con la actual, si así se prefiere.

La necesidad de fortalecer las instituciones multilaterales también alcanza a las Naciones Unidas. La candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General fue presentada inicialmente por Brasil, Chile y México. Por una decisión de política interna, el actual Gobierno chileno decidió retirar su respaldo, mientras Brasil y México mantuvieron la nominación.

Los países deben hacer política exterior mirando al Estado y no al ciclo político de turno. Las relaciones internacionales no deben conducirse mirando por el espejo retrovisor de la política interna.

Bachelet tiene una posibilidad importante de ser elegida. Naciones Unidas no ha tenido un secretario general de América Latina desde hace más de medio siglo y nunca ha sido dirigida por una mujer. De allí el respaldo que su candidatura ha recibido en la región.

Además, conoce profundamente la organización. Encabezó ONU Mujeres y posteriormente fue alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Hoy se requiere una persona con capacidad y energía para actuar con mayor decisión frente a los numerosos conflictos que vive el mundo y para impulsar la Agenda 2030, aprobada por la Asamblea General en 2015.

Es necesario fortalecer el papel de Naciones Unidas en tareas como la eliminación de la pobreza, la protección del medio ambiente, el cuidado de los mares y muchos otros desafíos pendientes. Michelle Bachelet tiene las condiciones para dirigir ese esfuerzo y espero que su campaña por una nueva esperanza fructifique en los próximos meses.

Panamá tiene una responsabilidad particular en este proceso. Como uno de los quince miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, participa en el órgano encargado de recomendar a la Asamblea General el nombre de quien ocupará la Secretaría General.

América Latina enfrenta problemas que ningún país puede resolver por sí solo. Recuperar la cooperación, fortalecer las instituciones regionales y actuar de manera coordinada no es una opción secundaria. Es una necesidad para que la región pueda enfrentar sus desafíos y recuperar capacidad de influencia en un mundo cada vez más complejo.

El autor es exsecretario general OEA y excanciller de Chile.


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