Ochenta años han pasado desde que el mundo intentó ponerse de acuerdo sobre sus propias cenizas, y hoy la Organización de las Naciones Unidas arrastra una crisis de legitimidad que amenaza con convertirla en un eco irrelevante. El veredicto de la calle es casi unánime: la institución es lenta, costosa y, en los momentos de crisis, desesperadamente inútil.
Los detractores tienen munición de sobra para sostener este juicio. El Consejo de Seguridad, ese diseño anacrónico de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, permite que un puñado de Estados miembros bloquee cualquier intento de justicia si este choca con sus intereses geopolíticos. La parálisis frente a invasiones actuales o masacres televisadas en tiempo real alimenta un cinismo legítimo. ¿Para qué pagar la cuenta de una burocracia que parece mirar hacia otro lado cuando las potencias aprietan el gatillo?
Para entender este nudo ciego hay que volver al 24 de octubre de 1945, cuando la Carta de las Naciones Unidas entró en vigor. No fue un acto de idealismo puro, sino el pilar político de un nuevo orden mundial que necesitaba estabilidad económica para no colapsar. Mientras en San Francisco se dibujaba la paz diplomática, los acuerdos de Bretton Woods de 1944 ya habían sentado las bases financieras para evitar que las depresiones económicas alimentaran nuevos fascismos. La ONU nació para ser el brazo político de ese sistema: un árbitro en un mundo que acababa de descubrir que podía destruirse a sí mismo.
Lo cierto es que juzgar a la organización únicamente por su dificultad para apagar incendios regionales es como evaluar la utilidad de un hospital contando solo a los pacientes que no pudo salvar. Debajo del ruido de los discursos y los vetos en el Consejo de Seguridad existe un engranaje técnico que evita que el mundo colapse en el caos absoluto.
Si mañana decidiéramos cerrar las puertas de la sede en Manhattan, no solo se perdería un foro de debate: se vendrían abajo protocolos esenciales para la aviación civil, la coordinación de frecuencias de radio y buena parte del andamiaje que permite que el correo circule entre continentes. La ONU es, en realidad, el sistema operativo invisible del mundo.
Hay una contradicción fundamental en la forma en que los Estados miembros se relacionan con la institución. Los gobiernos le exigen soluciones a problemas que ellos mismos se niegan a resolver, otorgándole una responsabilidad inmensa pero negándole la soberanía necesaria para ejecutarla. La ONU no tiene ejército propio ni presupuesto independiente; depende de la voluntad, a menudo volátil, de quienes la integran.
Es un espejo, no un actor autónomo. Si el reflejo que proyecta es el de una humanidad fracturada y egoísta, la culpa no es del cristal, sino de quienes se miran en él.
Es verdad que el sistema falla en detener guerras localizadas donde el veto protege al agresor, pero su victoria reside en haber evitado la conflagración definitiva. En un siglo donde la capacidad de destrucción mutua es total, la ONU ha servido como válvula de escape diplomática para que las tensiones entre potencias no escalen hacia un invierno nuclear. Su éxito no es un mundo sin armas, sino un mundo donde el conflicto total se ha pospuesto porque los enemigos se ven obligados a compartir el mismo techo.
A esto se suman logros humanitarios que ninguna otra estructura ha igualado: campañas de salud global, erradicación de enfermedades que diezmaron poblaciones enteras y programas de asistencia alimentaria que sostienen a millones de personas.
La reforma es urgente, eso es innegable. La representatividad del mundo de 1945 no sirve para los desafíos de 2026. Necesitamos mecanismos que diluyan el poder absoluto de unos pocos sobre la seguridad de todos. Pero el camino no es el desmantelamiento.
Abandonar las Naciones Unidas por sus imperfecciones sería un acto de arrogancia suicida. En un planeta donde los problemas ya no respetan aduanas, tener un lugar donde el diálogo es la norma sigue siendo nuestra mejor apuesta contra el caos.
La ONU es una contrariedad, sí, pero es la única estructura global que mantiene abierta la posibilidad de que las potencias hablen antes de disparar.
El autor es empresario y comunicador.

