En un par de semanas cumplo treinta años de haber regresado a Panamá, luego de vivir ocho años fuera del país, entre 1985 y 1993. Los primeros seis años como estudiante universitario y los siguientes dos como aprendiz de abogado. Durante ese tiempo, estuve a oscuras sobre lo que estaba pasando en Panamá, pero al mismo tiempo estaba convencido de que todo lo tenía claro. Completé con éxito trabajos de investigación académica y hasta atendí casos legales que involucraban a Panamá. Estaba seguro de que todo lo sabía y de que no necesitaba aprender nada más.
Entre las cosas que aprendí estaba el concepto de una partidocracia como la que gobierna a Italia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Esta solo aseguró gobiernos frágiles en una democracia parlamentaria. Debí entender que tampoco funcionaría muy bien en gobiernos presidencialistas como el nuestro.
Aprendí también que la Doctrina de Jefe de Estado no inmunizó a Ferdinand Marcos de la jurisdicción federal de los Estados Unidos. Igualmente investigué que la exclusión de actos de guerra impediría indemnizaciones por vandalismo. Vivía en la nube del pensamiento y así llegué a creer que lo entendía todo. No obstante, poco era lo que en realidad sabía.
Durante ese tiempo analicé desde la distancia todo lo que pasaba en Panamá. Sin embargo, de tanto estar pensando lejos del hogar, me perdí el caso Spadafora, las rebeliones de Giroldi y Macías, el embargo económico, las revelaciones de Díaz Herrera, las elecciones de 1989 y, finalmente la Invasión. En el interín también me perdí la transición a la plena democracia en Panamá.
Guillermo Endara Galimany no era un político especialmente carismático: era un político hábil y un gobernante pragmático. No quiero desmeritar su trabajo al frente del Órgano Ejecutivo. Reconozco que, generalmente, fue una buena gestión. Contó con vientos favorables desde el Norte y eso ayuda a cualquier piloto. Ver a Carlos Arellano Lennox, Simon Quirós y Quirós y Milton Henríquez debatir en la Asamblea Legislativa con Miguel Bush y Elías Castillo resultó paradigmático pero alentador. Igual de edificante fue seguir la gestión de ministros como Mario Galindo y Jorge Rubén Rosas, entre otros, y, por supuesto, del Contralor Ruben Darío Carles. La democracia comenzaba a funcionar.
Quizá remando contra la marea, considero que el mayor logro del Presidente Endara fue permitir que el presidente Perez Balladares tomara posesión en paz. Sostengo que esa transición, en 1994, fue más importante que la que ocurrió cinco años antes. Endara demostró que el poder del voto estaba por encima del poder transitorio que ostentaba desde el 20 de diciembre de 1989. Si fuera solo por eso, hay que reconocer su puesto en la historia. Tuvo muchos otros logros, pero ese en particular eclipsó a los demás.
Una nueva generación saldrá a votar en mayo próximo. La mayoría de los votantes no recuerdan esas épocas. Muchos de los líderes políticos actuales apenas eran párvulos durante mis días de oscura claridad. Dan por sentado que en Panamá funciona la alternabilidad del poder. Que cada voto cuenta. Que cada cinco años entra un nuevo gobierno y hay que realinear estrategias políticas, personales y financieras. Piensan que el juego de poder entre los órganos del Estado siempre operó de la misma forma.
A los nuevos votantes y a los párvulos de 1994 les recuerdo que la mejor manera de vivir la actualidad es buscando claridad en lo oscuro del pasado. Mirando a nuestra historia como guía para el futuro y no pensar que todo lo tenemos claro. Las cosas que desconocemos son a veces las que más luz nos dan.
El autor es educador