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Recursos marinos

La pesca de camarón por arrastre en Panamá: del auge al agotamiento

Del optimismo desmedido de los años sesenta al colapso anunciado de una pesquería que ignoró sus límites ecológicos y económicos.

La pesca de camarón por arrastre en Panamá: del auge al agotamiento
Pesca de arrastre. Archivo

La pesca industrial de camarón mediante la técnica de arrastre comenzó en Panamá a inicios de la década de 1950, con la llegada de una flotilla de apenas ocho embarcaciones del tipo Florida. En menos de una década, la actividad creció de forma vertiginosa: para 1957 ya operaban cerca de 157 barcos y el país contaba incluso con plantas procesadoras. El optimismo era tal que hasta el actor de Hollywood John Wayne incursionó en el negocio, aunque sin éxito.

Ese entusiasmo quedó reflejado en un artículo publicado en noviembre de 1964 en The Panama Canal Review, donde se afirmaba que “un diminuto habitante del Golfo de Panamá podría convertirse en un poderoso impulsor de la economía panameña”. No era una exageración para la época. La pesca del camarón figuraba entre las principales actividades generadoras de divisas del país, y el debate no giraba en torno a si debía crecer, sino a cómo hacerlo lo suficientemente rápido para satisfacer la demanda.

Entre 1954 y 1964, la captura total se cuadruplicó, pasando de 1,36 a 5,9 millones de kilos. La flota alcanzó los 210 barcos, operaban siete plantas procesadoras y los ingresos brutos de los exportadores se estimaban en más de seis millones de dólares en 1963. Además, los bancos de camarón se encontraban cerca de la costa, en aguas poco profundas, a no más de cinco horas de navegación. La investigación científica disponible en ese momento reforzaba la confianza: se sostenía que no eran necesarias vedas, pues el camarón tenía un ciclo reproductivo continuo.

Panamá llegó a ser superada solo por México como exportador de camarón hacia Estados Unidos. Sin embargo, incluso en medio de ese optimismo, el propio artículo advertía sobre un riesgo evidente: una flota sobredimensionada, operada sin interés por la conservación, podía comprometer la producción futura. La sobreexplotación —se señalaba— conduciría inevitablemente a una caída sostenida de las capturas.

La advertencia no tardó en hacerse realidad. Ya en 1970 comenzaron a observarse descensos significativos en las capturas de camarón blanco, producto del exceso de embarcaciones. Aun así, la actividad continuó prácticamente sin cambios estructurales.

Décadas más tarde, en 2011, una consultoría realizada para la Fundación MarViva recomendó medidas para reconducir esta pesquería hacia la sostenibilidad, las cuales fueron compartidas con la autoridad y el sector pesquero industrial de arrastre. Estas consistían en fortalecer la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP) con capacidades técnicas permanentes; implementar un plan de ordenamiento y manejo basado en criterios científicos y con esquemas de comanejo; y ajustar el esfuerzo pesquero a la productividad real del recurso para evitar la conocida “carrera por pescar”. Algunas han sido atendidas tímidamente y otras simplemente han sido pasadas por alto.

El resultado es el panorama actual. A diferencia de 1964, el camarón capturado mediante redes de arrastre ya no ocupa un lugar relevante como generador de divisas. Su aporte es marginal y continúa en descenso. En 2024, la captura fue de 1,46 millones de kilos, una cifra prácticamente igual a la de 1954, más de setenta años atrás.

Aunque en 2022 aún se registraban cerca de 90 buques de arrastre con licencia, el número de plantas procesadoras se mantiene principalmente gracias al camarón de cultivo. De los USD 92,5 millones en ingresos brutos por exportaciones de camarón, solo una pequeña fracción corresponde hoy al camarón silvestre capturado por arrastre. El grueso proviene de la acuicultura.

A esto se suma un aumento en los costos operativos. Si bien llegar al Golfo de Panamá toma un tiempo similar al de antaño, muchas embarcaciones deben desplazarse ahora hasta otros bancos de pesca en Veraguas o Chiriquí, lo que implica viajes de entre 16 y 30 horas. Desde 1977, las autoridades se vieron obligadas a establecer vedas que, con el tiempo, se ampliaron, reflejo de un recurso cada vez más presionado.

Según cifras oficiales, el sector pesca y acuicultura aporta entre el 0,3 % y 0,4 % del Producto Interno Bruto. Panamá ocupa hoy el puesto 30 entre los exportadores mundiales de camarón, con apenas el 0,29 % del total global.

En menos de 75 años, la pesca de arrastre de camarón ha mostrado un patrón claro: rápido crecimiento inicial, seguido de una caída prolongada y persistente. Es una señal inequívoca de insostenibilidad ambiental y económica.

Ha llegado el momento de dejar atrás técnicas desarrolladas cuando no existía conciencia sobre los límites de los ecosistemas. Hoy sabemos que degradar el ambiente termina afectando directamente la economía y la calidad de vida de los pescadores. Apostar por alternativas productivas como la pesca artesanal responsable y otras actividades costeras sostenibles no es una opción ideológica, sino una necesidad económica y social. Solo así será posible construir un futuro viable para nuestras costas y para quienes dependen de ellas.

El autor es coordinador editorial y asesor científico regional de la Fundación MarViva.


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