La petulancia (por definición arrogancia y engreimiento); esa insolencia de quienes desprecian la opinión de los demás, ha echado raíces profundas en nuestra sociedad y se ha apoderado muy en particular de la vida pública, asociando de hecho conceptos que suponíamos superados, vale decir la doctrina del derecho divino de los reyes y la absurda idea de que la autoridad de la realeza para gobernar (representada en estos tiempos modernos por los Órganos Ejecutivo, Legislativo y Judicial) proviene de Dios, pues ellos elegidos por Dios, solo ante Él responden.
Dentro de los actuales momentos de crisis desesperada que vive nuestra nación, llega uno a la conclusión de que la carencia generalizada de liderazgos responsables, humildes y comprometidos con el bien común está haciendo mella destruyendo mucho de lo poco que aún nos queda. Los grandes paladines que con hambre asoman prometen cielo, tierra y mar para desdecirse de sus promesas tan pronto asumen la silla (sic). Pero ¿cómo y para quién debe vivir el hombre absurdo, aquel que firmemente considera que su poder proviene del más allá? Pues claramente para él no aplican las reglas éticas y de moral, ya que todo su actuar está basado en la existencia de un poder divino. La honradez no necesita reglas. Todo está permitido. Y es aquí donde el fatuo peca, pues en su afán de infinito poder a los mismos dioses desafía sin sospechar que su arrogancia y engreimiento lo conduce sin escalas al mito de Sísifo, personaje mitológico castigado por los dioses con la tarea de cargar una pesada roca hasta lo más alto de la montaña, solo para verla caer una y otra vez al volver asumir la tarea, y así, por toda la eternidad.
Los gobernantes cuando llegan al poder no entienden que representan a la totalidad de la población y creen que el éxito radica en gobernar solo para el sector que los alude y aplaude, desconociendo de paso las realidades y los sentimientos del resto e implantando una polarización que termina estimulando toda clase de odios y aupando el desastre.
Gobernar no es imponer. Gobernar, además de convencer también es saber rectificar a tiempo cuando los hechos están en capacidad de demostrar error y el desacierto. Con la probable sola excepción de Guillermo Endara, todos los presidentes (as) que le siguieron llegaron al final de sus mandatos absortos y seducidos por el perfume del poder cuasi absoluto que emana del presidencialismo panameño. Cada uno de ellos se llevó consigo al igual que Sísifo para la eternidad, su correspondiente roca. Ernesto Pérez Balladares, la roca de su pretendida reelección. Mireya Moscoso, Martín Torrijos, Ricardo Martinelli y Juan Carlos Varela, las rocas de desafortunadas imposiciones u apoyos a candidatos y partidos políticos que contrariaban en su momento y contexto la opinión mayoritaria de sus copartidarios, con los consabidos resultados contrarios a su querer.
El fenómeno de la arrogancia política hace metástasis. Los presuntuosos aspirantes al poder han demostrado, impertinentemente, que hay algo defectuoso en los electores, leyes electorales y constitucionales y por tanto en la democracia. Y como tal se han sabido aprovechar. Es como si existiera una proclividad autoritaria que lleva a los votantes hacia la demagogia, con arrepentimientos tardíos, pues al final del camino se percatan que perdieron hacha, calabaza y miel. Buena parte de nuestros conciudadanos, a sabiendas de quienes le ponen mantequilla al pan aceptan, ignoran o incluso alientan esos comportamientos, tanto de unos como de otros.
Esa altivez superficial es el primer paso de una futura decadencia, tal cual ocurrió, proporciones guardadas, por la majadera impertinencia del entonces emperador Marco Aurelio, quien a sabiendas de la abierta incapacidad de su hijo Cómodo, decidió imponerlo como su sucesor, lo que a la postre significó el principio del fin del entonces todo poderoso Imperio Romano.
Lo malo es que la coincidencia de la petulancia y la soberbia forman un binomio inseparable y demoledor, como cuando se juntan el hambre con las ganas de comer. Dad al César lo que es del César y Dios lo que es de Dios.
El autor es amigo de la Fundación Libertad
