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La politización del malestar

La politización del malestar
Imagen conceptual de IA sobre el malestar en la sociedad.

Los enfoques que explican la política latinoamericana a partir de cambios cíclicos —de la socialdemocracia al neoliberalismo, del populismo al liberalismo, de la izquierda a la derecha— y que analizan, como variable independiente, a los gobiernos y movimientos que encarnan esos polos, suelen pasar por alto una cuestión sociológica central: comprender el estado de ánimo de las sociedades —individuos, grupos, clases e instituciones— que, mediante la variación de sus votos, hacen posible la emergencia de esos gobiernos.

Desde mediados de los años noventa, la politología occidental, y en particular la latinoamericana, puso el foco para explicar esos cambios políticos relativamente abruptos en lo que durante años fue la principal clave conceptual de la disciplina: la crisis de la representación política. En consecuencia, los análisis se concentraron en el funcionamiento de los sistemas políticos —partidos, gobiernos y sistemas electorales— y en cómo reconfigurarlos para hacerlos más predecibles y estables. Sin embargo, no se advirtió con suficiente claridad que el problema no residía en las soluciones propuestas, sino en un diagnóstico insuficiente: la crisis de la representación avanzaba porque se estaba desestructurando de manera crítica la matriz societal llamada a ser representada. En otras palabras, si la política constituía una de las variables de análisis, faltaba considerar la otra: la sociedad.

Los giros contemporáneos de la política latinoamericana son más pronunciados y abruptos que en otras regiones del mundo. Se pasa de gobiernos de derecha a experiencias de izquierda, y de socialismos autoproclamados revolucionarios a derechas extremas articuladas en torno a la batalla cultural. Tal vez sean estas últimas las que han concitado mayor atención, dado que revoluciones de izquierda y gobiernos revolucionarios han existido a lo largo de la historia contemporánea de la región. Las derechas extremas, en cambio, habían aparecido casi exclusivamente bajo la forma de golpes militares.

¿Qué explica la emergencia de estas derechas extremas? ¿Por qué se eligen gobiernos cuyos programas buscan desmontar —bajo la amenaza de la batalla cultural— todo lo instituido en términos de valores, derechos, nuevos derechos e igualdades? ¿De dónde surgen Bolsonaro, Milei, Bukele, Kast y Noboa, o quienes esperan en el banco como la vertiente uribista recargada en Colombia o el fujimorismo en Perú? ¿Cómo logran enarbolar programas reactivos o abiertamente reaccionarios tras décadas de conquistas políticas que mejoraron las condiciones de vida en la región?

Una primera respuesta es que supieron instrumentalizar el malestar social. Estos movimientos dieron formato político a amplias franjas sociales sumidas en la precariedad, la falta de horizontes, la inseguridad barrial, la desconfianza institucional, la ausencia de expectativas y la descreencia profunda en el Estado. No se trata únicamente de lo económico, sino de la pérdida de esperanza en un futuro mejor. Es lo que el sociólogo francés Émile Durkheim (1858–1917) denominó anomia: un estado social marcado por el desencanto y la dificultad de habitar el presente, producto del peso de expectativas frustradas sobre el futuro. Este estado se manifiesta como desgano y pérdida de confianza en uno mismo.

Amplios sectores sociales a lo largo y ancho de la región viven en ese estado anómico. No se trata solo de indicadores como desempleo, informalidad o pobreza —medidos por instituciones como la CEPAL—, sino de la reproducción y ampliación de esas situaciones, y de la sensación personal y colectiva de que no hay pertenencia, motivos ni posibilidades. Esta precariedad empuja conductas anárquicas, regresivas y dañinas. La inseguridad no es solo miedo al delito: es la desconfianza en la posibilidad de una vida mejor.

Por ello, junto con el análisis político de la superestructura, resulta imprescindible incorporar este escenario social. Al articularlo con la política, debe reconocerse que la virtud de las nuevas derechas extremas en la región ha sido su capacidad para politizar ese malestar. Han logrado integrarlo en un proyecto que propone refundar —de manera violenta, si es necesario— todo lo establecido y aceptado normativamente, bajo la premisa de que esa institucionalidad solo beneficia a quienes pertenecen. En este marco, se sostiene además que quienes sí pertenecen lo hacen a partir de la desposesión de quienes quedan al margen.

Esta forma del malestar social encontró, y fortaleció, una nueva política: la derecha reaccionaria, cuyo extremo se identifica como la derecha NRx.

A partir de aquí, la pregunta clave es cuál puede ser la oposición a esta nueva hegemonía. ¿Basta una izquierda que apele al imperativo —valioso— de la justicia y la igualdad social? ¿O una que sume género, medio ambiente y sexualidad? Los resultados electorales recientes sugieren que no es suficiente.

Por lo tanto, el progresismo latinoamericano necesita refundar ideas y agenda. Debe interpelar las formas, los lenguajes y los humores del malestar social contemporáneo para generar expectativas de futuro. Para que las nuevas generaciones —quizá la llamada Generación Z— encuentren un camino que perciben como negado, no alcanzan programas políticos concebidos por liderazgos de otra época.

El autor es director de la Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad Nacional de Lanús. Profesor titular de la Facultad de Ciencias Sociales de la Univ. de Buenos Aires (UBA). Licenciado en Sociología por la UBA y en Ciencia Política por Flacso-Argentina.


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