La puntualidad se define como el respeto por el tiempo propio y, sobre todo, por el tiempo de los demás. En Panamá parece que este concepto no se aplica; simplemente no existe. Es un mito urbano. Un cuento que nos dijeron de niños para que creyéramos que el mundo funcionaba. Algo así como Santa Claus… pero sin regalos y con más excusas.
Aquí decir “llego a las 8” no es una promesa: es una obra de ficción. Puede ser drama, comedia o ciencia ficción, dependiendo del tráfico, el ánimo y de si ya empezó la novela. “Voy saliendo” significa que la persona aún está en pijama, buscando el zapato izquierdo y preguntándose si realmente vale la pena salir hoy.
La hora panameña es tan flexible que debería enseñarse en yoga. Se estira, se dobla y se adapta. Y lo más impresionante es que nadie parece alarmarse. Al contrario: el puntual es el raro. El intenso. El exagerado. Ese que “vive estresado”. Porque claro, querer llegar a tiempo ahora es un problema emocional.
Pero donde la impuntualidad alcanza niveles olímpicos es en las citas médicas. Usted llega puntual, responsable, sesenta minutos antes, como lo exige la norma. Se sienta. Espera, espera, espera… Ve pasar primero al que llegó después. Espera más. Aprende de memoria los afiches de colesterol. Ya sabe qué hacer en caso de dengue, hipertensión y estrés crónico causado por esperar al médico. Dos horas después, cuando ya podría haberse curado solo, aparece el doctor, fresco, relajado, como si nada. Sin disculpas. Sin remordimientos. Con una sonrisa que dice: “tranquilo, que yo llegué”.
Y uno no dice nada, porque está enfermo, no loco. Pero por dentro piensa: “Si yo llego unos minutos tarde, pierdo la cita, me cobran la consulta y, si es de especialista, volver a pedir cita es para dentro de seis meses… pero si es el doctor el que llega dos horas tarde, hay que tener mucha, mucha paciencia y aguantar calladito”.
En el amor, la cosa no mejora. Las citas de pareja funcionan igual. “Nos vemos a las 7” significa que uno llega a las 7 y el otro llega cuando ya el mesero lo mira con lástima. Usted pide agua para disimular. Mira el celular. Pide más agua. Revisa estados. Se toma otro vaso de agua. Se enoja. Se calma. Se vuelve a enojar. Y cuando por fin llega la otra persona, dice: “ay, ¿llegué tarde?” como si acabara de perder cinco minutos y no una parte de su juventud.
Si usted le dice a un japonés en Panamá: “caigo en un minuto”, él no solo le cree: él estará mirando al cielo exactamente en un minuto para ver cómo usted cae. Es que en Japón la puntualidad es otra cosa; es sinónimo de respeto. Porque allá el tiempo se respeta. Tanto, que los trenes piden disculpas públicas por llegar 30 segundos tarde. Treinta segundos. Aquí, si un bus llega a tiempo, uno sospecha, duda y desconfía.
La impuntualidad panameña se ha vuelto tan normal que hasta tiene excusas oficiales: el tranque por todos lados, la lluvia que no cesa, los niños que hacen diabluras, la suegra que reclama, el calor que no se aguanta, la vecina que pide favores, el destino. Todo, menos aceptar que llegar tarde es, simplemente, falta de respeto.
Porque llegar tarde no es gracioso, no es cultural y no es folclor. Es decirle al otro, con toda claridad: “mi tiempo vale más que el tuyo”. Aunque lo diga con sonrisa, abrazo y un “perdón, se me fue el tiempo”.
En Panamá el reloj marca la hora. La gente decide si le hace caso… o no.
El autor es ingeniero retirado.

