La intelectualidad estatista y los planificadores centrales nos han vendido sistemáticamente una peligrosa ilusión que hemos llegado a aceptar como sentido común: la creencia de que, en geopolítica, “más grande” significa irremediablemente “mejor”. Sin embargo, el análisis del economista polímata Miguel Anxo Bastos en su conferencia “Lo pequeño es posible” cuestiona este mito con una lógica contundente. Bastos demuestra que la prosperidad no germina en los megaestados, sino en la fragmentación política y en el libre mercado.
Desde la óptica de la praxeología y la narrativa arquetípica, el Estado gigante y centralizador actúa como “la Sombra”, esa fuerza parasitaria y destructiva que engulle la individualidad bajo la excusa del bienestar. Bastos expone la falacia de la escala política: al igual que las empresas sufren deseconomías de escala cuando crecen desproporcionadamente, los imperios y las megaestructuras —como la actual Unión Europea en su dimensión política— derivan inevitablemente en una burocracia asfixiante y en una pérdida de control democrático. Estos entes supranacionales padecen lo que la psicología cognitiva denomina la “maldición del conocimiento”: una élite tecnocrática tan alejada de la realidad del ciudadano común que sus regulaciones terminan imponiendo parálisis en lugar de progreso orgánico.
Frente a este Leviatán, los microestados como Liechtenstein o Andorra emergen como ejemplos de una escala política distinta. Su éxito no ocurre a pesar de su reducido tamaño, sino precisamente gracias a él. Al ser pequeños y carecer de recursos ilimitados, están forzados a aplicar principios económicos concretos y rigurosos para sobrevivir. Se ven obligados a mantener economías abiertas, evitar el proteccionismo y competir fiscalmente para atraer talento. Operan a una estricta “escala humana”, un principio vital para que las sociedades funcionen orgánicamente, bajando las abstracciones macroeconómicas a un nivel tangible donde el cálculo económico racional resulta posible y eficiente.
Históricamente, la división política ha sido uno de los motores de la creatividad y la innovación. La Grecia clásica, la Italia renacentista y la Alemania preunificada experimentaron explosiones culturales notables porque la competencia entre pequeñas ciudades-estado generaba dinámicas de innovación y cooperación. Para proteger esa libertad, Bastos plantea la secesión como un mecanismo de control político: si una región puede separarse libremente, el Estado central se ve obligado a ser más eficiente y menos extractivo, otorgando al ciudadano la posibilidad de evaluar el sistema mediante su derecho a marcharse.
Para Panamá, la reflexión invita a un debate más amplio sobre el tamaño del poder político y la relación entre descentralización, libertad económica y prosperidad. El progreso no depende únicamente de integrarse en grandes estructuras burocráticas ni de concentrar más poder en la capital. También puede surgir de fortalecer la descentralización, ampliar los espacios de iniciativa individual y promover el comercio voluntario. Ante un mundo marcado por grandes estructuras estatales y supranacionales, la discusión sobre la escala adecuada del poder político vuelve a ser una pregunta central para el futuro de nuestras sociedades.
El autor es analista independiente.
