Ante el caso “Jesús de Nazaret”, Poncio Pilatos, prefecto romano, puso de moda un gesto con el cual demostraba su más absoluta desatención e interés: lavarse las manos. Gesto el suyo, metafórico en sus imitadores, ha sido practicado con gran soltura a lo largo de la historia, también en Panamá, y últimamente en un caso de escandalosa actualidad que poco a poco se va escapando de los titulares de los medios: el presunto abuso de la joven Madeleine.
Lo perverso de este asunto es que los gobiernos reiteran su desinterés (como en el caso de los albergues) no manifestándose de una forma enérgica y revolviendo toda la investigación en una atmósfera toxica que genera en los ciudadanos dos sensaciones: la de ser tomados por tontos y la de impunidad ante hechos como estos, que afianzan entre las dos la convicción de vivir en medio de un sistema injusto y desconfianza que sigue amenazando nuestro sistema democrático.
Encima, toca ver el trato que se dispensa a la víctima, cómo se filtran sus datos, cómo algunos justifican lo ocurrido, cómo algunos se ponen de perfil y no se pronuncian de manera rotunda, no vemos al Meduca, la Asamblea o al Tribunal Electoral hacer una campaña firme contra estos abusos, nada, se lavan las manos, y confían en que el tiempo y la desidia ciudadana traigan el olvido sobre el asunto.
Espero que para esta joven y su familia haya justicia. Así como el sistema penal es capaz de meterle cinco años a un caricaturista, a ver si es capaz de poner tras las rejas a los responsables materiales, sean quienes sean, y a sus secuaces, por omisión o por desidia. Necesitamos ver que esta democracia está alineada con la sociedad a la que sirve y no plegada ante los intereses de unos pocos.
Todo nuestro apoyo y buenos deseos para Madeleine y su familia.
Para los que aplican la receta de Poncio, nuestra más absoluta repulsa.
El autor es escritor
