La relatividad económica

Actuamos como si el mañana fuese algo que podemos comprar. Imitamos lo que vemos, y exigimos aquello que las redes sociales nos muestran como una película, en la que se romantiza al delincuente y este a pesar de obrar mal sale bien librado, sea la medida para nuestras acciones. Queremos actuar mal, y ser los héroes, porque eso vemos. Y el grado de ignorancia colectiva es tal, que somos incapaces de ver la imposibilidad real de esa paradoja. ¿O es acaso posible?

Lo bueno es bueno, aunque lo hagan unos pocos. Lo malo es malo, aunque lo haga la mayoría. El asunto acá es que, entre la mayoría, con demasiada frecuencia actúan mal aquellos llamados a administrar, a velar por lo que supuestamente es de todos y, lejos de honrar la confianza que se ha depositado en ellos, traicionan a quienes les dieron poder.

Mientras tanto la sociedad enaltece la falta de valores y los ciudadanos sueñan con riquezas mal habidas. Pocos jóvenes ven la educación como una manera de salir adelante en la vida, viendo en las pandillas, el narcotráfico y una variada paleta de opciones delincuenciales un boleto a la “dolce vita”.

El pensamiento de esa juventud si bien es erróneo, no es infundado. Somos testigos de cómo en nuestro país el crimen sí paga. Por una iguana, te mandan nadando a una isla penal. Por un billón de dólares, “escapas” a otras latitudes para gozar de lo hurtado.

En el país donde la plata parece comprar todo, no hay arrepentimiento ni culpa en el mal actuar. Por el contrario, existen justificaciones para todo aquel que llene el perfil de la relatividad económica. La primera ley de la relatividad económica dice que, si no tienes educación, ni habilidades, ni te gusta esforzarte con honestidad, pero eres caradura y tienes palanca, tu fortuna de procedencia dudosa es posible.

Para los que creemos en la existencia de un ser supremo, se entiende que no hay que esperar al más allá para pagar lo que hagamos mal acá. Eso tampoco es un bozal, o un collar estrangulador con el que limito mi actuar. Yo decido actuar bien, porque eso me pide mi Fe. No actúo bien para ganar el paraíso. No funciona así. O lo mereces, o no, y tampoco es nuestra decisión. Trato de ser la mejor versión posible de mí mismo por algo más egoísta: lo hago por mí. Lo hago por mi paz mental.

Y respeto a todo aquel que piense diferente. Eso sí, no soy un santo, ni pretendo serlo.

No existe nuestro tiempo. Existen nuestras decisiones en el tiempo en que nos toca vivir. En unos años, ninguno de nosotros estará aquí, pero lo bueno o lo malo que hayamos hecho en nuestro paso temporal por este plano terreno sí tendrá una permanencia, para bien o para mal.

Me gusta pensar que alguna administración futura retomará la edición de los libros de Estudios Sociales e Historia, y harán acopio informativo de cada una de las administraciones que hubo en nuestro país. Creo que la educación es un proceso que jamás termina, y nos vendría bien a todos poder leer cronológicamente a quiénes debemos el país que tenemos, o que tendrán en el futuro gente que ni siquiera nos conocerá.

¿Cuánto pelele autodenominado estadista conocerán? ¿Cuánto delincuente común, autodenominado héroe será descubierto? ¿A cuántos asesinos exaltaron nuestros padres y abuelos?

Es muy fácil decir. Es muy difícil actuar, por eso pocos lo hacen y las redes sociales tienen tanto éxito. Ahora ayudados por la IA (te hemos fallado John Connor) no es necesario que alguien haga nada realmente: todo se puede fingir. Nuestra sociedad vive de apariencias, y finge ser algo que no es.

¿No le parece, amigo lector, que es el momento de actuar? Las oportunidades se pueden acabar en un santiamén.

Mejoremos hoy, y demostremos con hechos esa intención.

Dios nos guíe.

El autor es ingeniero civil


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