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La República de Platón

La República de Platón
El presidente de la República, José Raúl Mulino; el de la Asamblea, Jorge Herrera y la de la Corte Suprema de Justicia, Maria Eugenia López. LP/Isaac Ortega.

Platón (428 a. C.–347 a. C.), en su libro La República, dividió la sociedad en tres castas: dirigentes (los que piensan), soldados (los que cuidan) y plebeyos (los que obedecen). Este cuestionable concepto trastoca radicalmente los fundamentos de la democracia y el concepto mismo de ciudadanía en la antigua Grecia. El influyente filósofo, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles, propuso esta curiosa división en clases rígidamente separadas bajo el argumento de que es imposible que un mismo hombre desempeñe dos oficios a la vez y que cada quien debe hacer solo lo que le corresponde.

De hecho, a partir del siglo XV, cuando el Renacimiento impulsó el esplendor creativo y la diversificación de talentos, florecieron las artes, la ciencia y el pensamiento humanista, marcando la transición entre la Edad Media y la Edad Moderna. Ese proceso demostró cuán equivocado estaba el filósofo griego respecto al comportamiento humano en el marco de democracias bien entendidas.

En consecuencia, hoy en las democracias funcionales queda claramente establecido que los ciudadanos no estamos solo para votar, obedecer y acatar, como plebeyos, las órdenes y acciones de nuestros gobernantes. Estamos para opinar, incluso disentir, y aportar de buena fe ideas y propuestas respetuosas y coherentes a la gestión pública.

Estas reflexiones previas, sobre el derecho ciudadano a opinar y a tener acceso oportuno a información que pueda afectarnos directa o indirectamente, vienen a cuento a raíz del reciente informe a la nación brindado por el presidente José Raúl Mulino. Empiezo por expresar mi beneplácito por el talante general de su discurso, en especial en un tema medular que mantuvo en ascuas a la población: la mina.

“No se tomarán decisiones improvisadas ni inconsultas con respecto a la mina”, dijo el presidente con franqueza. Quiero pensar que con ello reconoce y valora nuestra condición de ciudadanos al momento de decidir sobre un asunto de tal magnitud. Esto tranquiliza y modifica de manera significativa la percepción de plebeyos en que el propio presidente ubicó al pueblo panameño en una ocasión anterior, cuando afirmó que “la mina va porque va, sin importar los cuatro gatos que se oponen”.

Otro aspecto que me agradó del discurso —que escuché con atención— fue el aparente giro en la estigmatización de opiniones críticas, antes calificadas como “bochinches”, y su reemplazo por el concepto de “oposición constructiva”, mencionado por primera vez.

Comparto plenamente cuando el presidente afirmó que “los hechos y los resultados terminan imponiéndose al relato”. Confío en que no será necesario recordarlo. Lo mismo cuando dijo que “no gobierno viendo por el espejo retrovisor”, frase que interpreto como una invitación a no gobernar para intereses acomodados en el asiento trasero del poder.

Me gustó, además, su referencia a la justicia cuando afirmó que “los corruptos de todas las gestiones paguen, sin selectividad”. Permítame felicitarlo, señor presidente: dio usted un buen discurso a la nación panameña. Su emoción sincera —incluidas las lágrimas— también cuenta, y hasta ayuda a humedecer la mecha corta. ¡Meto!

El autor es pintor y escritor.


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