Celebro que el presidente sea viajero y que no sufra de agorafobia. Mulino fue canciller y sabe cuándo la foto debe proyectar solvencia y cuándo el silencio internacional es oro. Al cruzar migración, el poder real queda retenido en el escáner de seguridad.
Si Panamá fuera Suiza o Noruega, hasta convendría que nos quedáramos sin poder político un par de semanas; la institucionalidad operaría por inercia técnica. En nuestra arquitectura de mando, el vacío de la vicepresidencia no es un bache; es un abismo. Sin un relevo natural, la nación queda a merced de figuritas de porcelana, de esas que dicen “mírame, pero no me toques”. El Palacio de las Garzas, sin garzas y donde opera el poder, ha ganado en higiene y ha perdido en alma; en el vestíbulo hoy solo quedan un par de esculturas y una limpieza impecable.
En la era Balladares, cuando el jefe se iba de gestión o de safari a África, dejaba a Fito Duque con las llaves de la casa. Fito no solo cuidaba el despacho; se subía al helicóptero oficial, aterrizaba en su circuito y mandaba con la autoridad de quien no tiene que pedir permiso para respirar. Su foto cuelga en la galería presidencial por derecho propio. Mulino puede repetir la experiencia del compa paisano.
Si el presidente ejerce de gran canciller en el exterior, que trueque funciones con Acha, canciller formal; que lo encargue de las cuestiones domésticas. Acha intentó ser presidente sin éxito y esta sería su oportunidad de jugar al cargo.
El mando es un objeto personalísimo. Tan personal que la silla presidencial debería ser plegable, con ruedas y con el Escudo Nacional bordado en la parte superior, para que viaje con el mandatario y pueda exhibirla en el avión o en sus paradas en el extranjero. Así, el asiento nunca quedaría vacío.
Mientras el avión levanta vuelo, el gabinete entra en una versión criolla de Esperando a Godot. Como en la obra de Beckett, los ministros aguardan la llegada de alguien que nunca aparece, perdidos en un diálogo absurdo mientras el tiempo se detiene. Son personajes de un noviazgo de quince años que se marchitan en el zaguán esperando un anillo que no llega. Sin anillo… jujum. Ni el administrador de la ACP ni Christiansen deben consultar el itinerario mulinesco. La ACP se autorresuelve por Constitución. Y Christiansen, nuestro vikingo en proceso de panameñización, tiene más claro el esquema táctico de la selección que el gabinete el rumbo del país cuando no hay Wi-Fi en el fuselaje. La Sele entrena para el Mundial; los ministros, para la estatua.
Ni pierda tiempo en la Asamblea para que atienda este embrollo. La fragmentación ha parido tipos curiosos: el diputado chicha de piña, dulce en campaña y fermentado en el poder; el diputado avestruz, experto en la política del hueco; y el diputado comentarista, panelista estrella que ignora su deber de fiscalizar y legislar. Haga sus listas. Habrá premios (no habrá).
Mulino hace más fuera que dentro y allá es estimado. En el patio no llegan ni el chenchén ni el empleo prometido. Un país no puede gobernarse como una maleta diplomática. Representar a Panamá es un oficio de altura, pero gobernarla exige que el mando no se desplace con el pasaporte. El país no puede seguir en modo avión, con ministros esperando a un Godot que viaja en primera clase.
El autor es periodista y filólogo.


