En un escenario geopolítico convulsionado, donde impera la política de los misiles y del más poderoso, surge una esperanza internacional con la República Popular de China, que no proclama guerras ni conflictos, sino que busca la paz en el planeta bajo el concepto de la coexistencia pacífica, el cual, más que un nombre, es un sentido práctico de la vida, porque brinda las vías necesarias de entendimiento entre las naciones, evitando conflagraciones que podrían generar la extinción de la especie humana.
El mundo, en el siglo XX, experimentó conflictos armados que pudieron haberse detenido, de no ser por la política imperialista y hegemónica de distintas potencias impulsadas por círculos de poder que pensaban en sus riquezas y no en el bienestar de su población, lanzada a guerras voraces que provocaban muerte y desolación, dejando una marca indeleble en el subconsciente colectivo que solo el tiempo puede superar.
La RPCH conoce de guerras, porque siempre ha sido objeto de la codicia de macroestados que tenían como norte apoderarse de sus recursos y colonizar su geografía. La Guerra del Opio y la invasión japonesa en la década de 1930 del siglo pasado trajeron la muerte de millones de chinos, que fueron reivindicados por Mao Tse-tung, quien luchó incansablemente en defensa de la patria, a fin de preservar su cultura, la soberanía territorial y un futuro de libertad.
China, en poco menos de 50 años, se ha transformado en una superpotencia política, social, militar y económica, pero también moral, con una sociedad que ha dado pasos colosales en la erradicación de la corrupción, el hurto, los robos y otros delitos que destruyen a los países de Occidente, principalmente la droga y todos sus derivados. Mientras China transitaba un cambio profundo a favor de su población, del otro lado del mundo, en las naciones capitalistas, la constante era la división de clases, la explotación, las guerras de rapiña y el enriquecimiento individual, dislocaciones estructurales de una cultura que reduce a los individuos a simples objetos.
Los chinos entendieron hace muchos años que el cambio, si bien era orgánico, no podía realizarse sin la transformación del sujeto histórico que es la población. Se requería, para ello, una nueva sociedad con valores ejemplarizantes, no solo en discursos o versos, sino con responsabilidad práctica. Era indispensable que la persona fuera consciente de su época y de su realidad, sin olvidar el pasado, porque aquellos pueblos que lo olvidan están destinados a volver a las cadenas de la esclavitud.
China requería liberarse de atavismos y presunciones de tipo servil que adocenaron a la población. En este orden, se hacía imperante un camino que guiara el horizonte, y eso se logró con la implementación de los planes quinquenales en los años cincuenta, que han sido hasta el presente la brújula que ha dirigido el destino del pueblo, bajo la orientación del Partido Comunista Chino, cuyos líderes han hecho de China una nación de vanguardia, que lucha por la paz, pero que, de ser necesario, está preparada para cualquier evento defensivo que altere los límites de su soberanía.
La República Popular de China ha sido el único país en el mundo que sacó de la pobreza a cientos de millones de ciudadanos por medio de la educación, el trabajo y el fortalecimiento del núcleo familiar. Las imágenes que muestran los medios de comunicación reflejan un país adelantado a su tiempo en materia científica y tecnológica, que brilla con luz propia y cuyos logros desea compartir con el resto de las naciones bajo el concepto de ganar-ganar.
A la RPCH no la veremos dando golpes de cuartel, asesinando personas ni secuestrando mandatarios, ni invadiendo o colonizando. Por el contrario, se palpa su deseo de estrechar lazos de amistad y confraternidad con los países, sin condición alguna, prevaleciendo siempre el respeto a los Estados, su soberanía, integridad y autodeterminación.
Muchos gobernantes y ciudadanos de Occidente jamás comprenderán los grandes logros de China ni su liderazgo mundial, porque han vivido inmersos en la vorágine capitalista, que se autoproclama como el único sistema posible y que trae consigo el deterioro de la sociedad, propagando pobreza, carencias y necesidades extremas. Contrario a ello, el socialismo chino crea riqueza social para el pueblo y no para élites dominantes. Las fábricas, industrias y el comercio de China contienen una responsabilidad social concebida como un objetivo estratégico, discutido y consensuado con la población.
El socialismo de China avanza y se consolida cada día como un ejemplo para el mundo. Sus decisiones son difundidas masivamente y asumidas como parte de un proyecto colectivo. Cabe destacar que, hace poco más de 70 años, al terminar la guerra, eran muchos los que no avizoraban a China como la nación que hoy se ha construido, con pilares firmes que se proyectan como fuente de paz, armonía y desarrollo permanente.
El autor es abogado y profesor de filosofía e historia.

