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La resiliencia en tiempos de crisis

Momentos convulsos como la actual crisis sociopolítica por la que atraviesa Panamá, ineludiblemente producen sentimientos de angustia y preocupación colectiva por el futuro inmediato del país, un futuro que por momentos parece encaminarse por una senda oscura e incierta.

La zozobra que genera la espera de una respuesta judicial al reclamo de una sociedad que se tomó las calles en legítima defensa de la tierra y su biodiversidad, ha causado que gran parte de la población experimente mayores niveles de estrés, ansiedad, frustración, impotencia y desasosiego, especialmente por los riesgos que corren las personas más vulnerables.

Frente a estos escenarios, algunas buscamos las voces de personas más sabias para que nos ayuden a comprender mejor la actual coyuntura. Bajo ese contexto, la resiliencia desarrollada a través del envejecimiento es una ventaja para las personas mayores. La sabiduría de su experiencia de vida preserva su capacidad de adaptarse y reaccionar a los cambios que los rodean.

¿Qué hace que las personas mayores sean más resilientes que las más jóvenes? ¿Son los mecanismos de supervivencia desarrollados tras años de experiencias? ¿La capacidad de poner las dificultades en contexto? ¿La pura voluntad de perseverar?

Para buscar respuestas a estas preguntas, consulté con varias mujeres mayores sobre cómo han adoptado la resiliencia a lo largo de los años. La mayoría coincide en que el ingrediente para mantener la resiliencia a medida que envejecemos radica en un único recurso: mantener relaciones sociales desde la adolescencia hasta la vejez, forjar continuamente nuevas amistades y construir redes sociales (de las que no son meramente digitales). Permanecer conectadas, por encima de todo.

La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) define la resiliencia como “el proceso de adaptarse frente a la adversidad, el trauma, la tragedia, las amenazas o fuentes importantes de estrés”, o “recuperarse” de experiencias difíciles. El uso del término “proceso” sugiere que las personas tenemos la capacidad de desarrollar y demostrar resiliencia, independientemente de nuestras experiencias personales o entornos sociales.

En nuestra cultura occidental, la vejez se ha visto negativamente como una etapa de fragilidad, discapacidad, deterioro de la función y mayores limitaciones físicas y mentales. Sin embargo, las personas mayores experimentan una capacidad alta de recuperación de adversidades, a pesar de tener, en general, mayores tasas de condiciones de salud crónicas.

Por ejemplo, a pesar del aumento sustancial de la ansiedad y la depresión que reportaron las personas mayores durante la pandemia, las personas adultas más jóvenes tenían aún más probabilidades de reportar síntomas de ansiedad o depresión. En una encuesta realizada en junio de 2020 (Vahia et al. 2020, JAMA), un 6% de las personas mayores reportó síntomas de ansiedad, en comparación con el 49% de las personas entre 18 y 24 años de edad y el 16% de las personas entre 25 y 44 años. Mientras que el 6% de las personas mayores experimentó síntomas depresivos durante estos primeros meses de la pandemia, los grupos más jóvenes reportaron 52% y 14%, respectivamente.

Eso no quiere decir que la salud mental de las personas mayores no fue afectada durante la pandemia. Muchos reportaron un mayor sentimiento de soledad, pero sus niveles generales de salud mental se mantuvieron relativamente constantes. Estos resultados son notables, porque se replicaron en varios países y dejaron en evidencia que las personas mayores tenían mejor salud mental que los adultos más jóvenes, a pesar de tener mayores limitaciones físicas y cognitivas.

La resiliencia en personas de mayor edad puede deberse a diferencias en su respuesta biológica al estrés, rasgos de personalidad, estatus social y/o estabilidad financiera, pero también puede ser producto de las experiencias vividas a lo largo de los años. De cualquier manera, las personas mayores pueden ofrecer cierta perspectiva y sabiduría cuando se trata de superar los desafíos de la vida. Nuestro contexto sociopolítico actual es una excelente oportunidad para poner en práctica este principio.

Lo más importante que debemos sacar de estos estudios es que la visión que se tiene actualmente sobre las personas mayores no es precisa y, de hecho, es perjudicial para la forma en que se trata a los adultos mayores. Somos testigos a diario de discriminación por edad; por ejemplo, cuando una persona mayor comete un delito, la primera respuesta es llamarla demente. La vejez y la demencia no son sinónimos.

En el grupo PARI tenemos 13 años estudiando la salud de personas mayores –la capacidad cognitiva, el desempeño físico y el estado de ánimo son algunas de las principales variables de interés–. Nuestros hallazgos sustentan una visión del envejecimiento normal como un proceso de desarrollo con diversas y complejas relaciones entre la cognición, el estilo de vida y la edad.

Es decir, hemos aprendido que el desarrollo de modelos de envejecimiento no debe estar impulsado únicamente por un enfoque en el deterioro de la salud cognitiva y funcional en la vejez, sino que también debe considerar procesos que pueden ser estables o mejorar con la edad, como la resiliencia.

Dicho todo lo anterior, es evidente que las relaciones interpersonales y las redes de apoyo basadas en la interacción social con las personas que forman parte de nuestro entorno, sobre todo aquellas que en el camino de la vida se han convertido en un soporte emocional importante, son elementos esenciales para desarrollar una mayor capacidad de resiliencia que nos permita enfrentar las adversidades y sobre ello transformar constructivamente situaciones como las que hoy estamos viviendo.

La autora es investigadora científica en el Centro de Neurociencias del Indicasat AIP e integrante de la fundación Ciencia en Panamá


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