No es nuevo que el Oncológico esté siempre mendigando dinero en un país que se tiene por uno de los más ricos de la región. Tampoco es nuevo que los gobiernos, todos, en una siembra consciente de dependencia y clientelismo, destine millones a lo que se llama de forma tramposa “Panamá solidario”, en un país con tantos recursos. Siempre nos han engañado con estas malas costumbres que ahora son parte de la enfermedad del sistema.
Parafraseando a Rosa Montero, la ridícula idea de volver a votarles planea en la mente de muchos ciudadanos, acostumbrados a tener que escoger entre salud o Navidad, entre educación o deporte, entre seguridad o luces navideñas. Somos tan absurdos que da vergüenza ver como todavía, algunos, siguen creyendo en caudillos pasados y generales fantasmas. Basta ya de tanta ingenuidad.
Criticamos la absurda desproporción entre el Oncológico y el jamón navideño, pero estamos dispuestos a llevar a nuestros hijos o a sacarlos a desfilar en un raquítico y absurdo desfile navideño adornado de carísimas luces. Nos comeremos el jamón y venderemos nuestros productos agropecuarios a pesar de la precariedad del Oncológico. Somos ridículamente hipócritas.
¿Recoger firmas? No, no vayan a desfiles, no cojan pavos ni jamones, eso es más taxativo, pero, claro, nos tienen al borde de la necesidad, no hay cómo vender, no hay cómo tener una Navidad digna. Entonces, mantener el estatus de la miseria panameña y la vulnerabilidad, es más caro que sanear y modernizar hasta el milagro una institución de salud tan importante como el Oncológico.
Nos tienen bien enseñados a fuerza de necesidad y miseria. Y en la rebusca, entre salud y Navidad, ellos se llevan su salve, y aquí no pasa nada, a menos que nos quitemos de la cabeza la ridícula idea de volver a votarles a estos, que después del zaperoco, salen como héroes a salvar la patria que han pisoteado, sin el más mínimo rubor, con toda la cara dura del mundo.
El autor es escritor
