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‘La riqueza de las naciones’, 250 años después: libertad y mercado

La obra del filósofo escocés mantiene vigencia al proponer un equilibrio entre libertad económica, regulación y vigilancia institucional.

‘La riqueza de las naciones’, 250 años después: libertad y mercado
Una mirada al aporte de Adam Smith por IA (OpenAI)

En 1776, en un mundo de monarquías, privilegios y comercio protegido, Adam Smith, un filósofo escocés, publica el 9 de marzo en Londres la obra Una indagación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Con casi mil páginas en dos tomos y dividida en 6 libros, Smith examina los aspectos de la sociedad que promueven o inhiben la prosperidad, desde las actividades de comercio, producción y distribución hasta los sistemas agrícolas y educativos del mundo conocido.

Doscientos cincuenta años después, su obra, mejor conocida como La riqueza de las naciones, sigue siendo una referencia obligada, no solo para economistas y planificadores, sino para cualquier interesado en cómo se organiza una sociedad libre.

Mucha de la popularidad de la obra se ha caracterizado por una idea: cómo el interés privado, a todas luces egoísta, en una sociedad libre, acaba siendo una virtud pública al competir para servir al consumidor. “No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero ni del panadero que vamos a recibir nuestra cena, sino por el interés en su propio bienestar”, sentencia Adam Smith, para entonces y la posteridad.

El libro es frecuentemente reducido a una idea simplificada: la famosa “mano invisible” y el “laissez-faire”. Sin embargo, Smith nunca propuso un mercado sin reglas ni una defensa ingenua de los intereses privados. Su proyecto era más ambicioso: explicar cómo una sociedad podía coordinar millones de decisiones individuales sin un diseño central y, al mismo tiempo, advertir sobre los riesgos inherentes a ese proceso.

Uno de sus aportes fundamentales es el concepto de orden espontáneo. Para Smith, la prosperidad no surge de la planificación estatal, sino de la interacción libre entre individuos que buscan mejorar su propia condición. La división del trabajo —ilustrada con su célebre ejemplo de la fábrica de alfileres— permite una expansión sin precedentes de la productividad y del mercado. Cada individuo, al especializarse, contribuye a un sistema mucho más amplio que nadie diseñó completamente.

Sin embargo, y aquí radica una de las lecturas más ricas y actuales de su obra, Smith no confiaba ciegamente en los actores del mercado. Por el contrario, era profundamente escéptico respecto al comportamiento de los comerciantes cuando estos actuaban en grupo. En una de sus observaciones más citadas, advierte que “las personas del mismo oficio rara vez se reúnen, incluso con fines sociales, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en algún acuerdo para subir precios”. ¡No hay nada nuevo bajo el sol!

Esta afirmación revela a un Smith muy distinto del caricaturizado defensor irrestricto del capitalismo. Su preocupación central no era el mercado en sí, sino su corrupción a través de privilegios, monopolios y colusión. Criticaba duramente a los gremios, las compañías privilegiadas y cualquier forma de captura del Estado por intereses particulares. En su visión, el verdadero enemigo de la prosperidad no era el comercio, sino su manipulación en beneficio de unos pocos.

Otro aspecto menos conocido, pero igualmente relevante, es su reflexión sobre la educación. Smith reconoce que la misma división del trabajo que impulsa la riqueza puede tener efectos negativos sobre el individuo. El trabajador sometido a tareas repetitivas pierde la capacidad de desarrollar plenamente sus facultades intelectuales. Se vuelve, en sus palabras, “tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a ser”.

Frente a este riesgo, Smith propone una solución sorprendentemente moderna: la provisión de educación básica accesible para la población. No se trata de un sistema completamente estatal, sino de un esquema mixto en el que el Estado juega un rol importante en facilitar el acceso. La educación, en su visión, no solo mejora la productividad, sino que fortalece la cohesión social y la estabilidad política.

Este punto es clave para entender la complejidad de su pensamiento. Smith no aboga por un Estado ausente, sino por uno limitado y enfocado en funciones esenciales: defensa, justicia, obras públicas y educación. Su liberalismo no es dogmático, sino pragmático. Reconoce tanto las virtudes del mercado como sus fallas.

Después de 250 años de su publicación, La riqueza de las naciones sigue ofreciendo lecciones valiosas. En un mundo marcado por grandes corporaciones, mercados concentrados y debates sobre regulación, sus advertencias sobre la colusión y los privilegios resuenan con fuerza. Del mismo modo, su preocupación por los efectos sociales de la especialización laboral anticipa discusiones contemporáneas sobre automatización y capital humano.

Quizás la mayor vigencia de Smith radica en su equilibrio. Entendió que la libertad económica es una fuente poderosa de progreso, pero también que requiere un marco institucional que limite sus excesos. En tiempos de polarización entre quienes idealizan el mercado y quienes desconfían de él, su obra ofrece una perspectiva más matizada: confiar en el sistema, pero nunca dejar de vigilar a sus actores.

Finalmente, cuando uno ve el desastre de las economías estatizadas y el colapso de aquella idea loca de formar el “nuevo hombre soviético”, “cubano” o “venezolano”, me imagino al viejo Adam, con su gran amigo David Hume, mirando con asombro cómo el carnicero, el panadero y el cervecero llegaron a ser tan estúpidos para esperar todo del Estado.

El autor es miembro de la Fundación Libertad.


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