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La sostenibilidad: una ventana de oportunidades para todos

La sostenibilidad: una ventana de oportunidades para todos
Imagen conceptual elaborada con asistencia de ChatGPT.

En los últimos años, la sostenibilidad ha pasado de ser un concepto reservado para académicos y ambientalistas a convertirse en una aspiración compartida por gobiernos, empresas, organismos internacionales y ciudadanos. Hoy encontramos la palabra “sostenibilidad” en estrategias corporativas, planes gubernamentales, políticas públicas, informes de inversión y discursos institucionales. Sin embargo, mientras más se utiliza el término, más parece diluirse su significado.

La pregunta sigue siendo pertinente: ¿qué es realmente la sostenibilidad?

Durante los últimos años, como investigadora doctoral en Gestión de la Sostenibilidad, he tenido la oportunidad de estudiar cómo ciudadanos, instituciones públicas, empresas privadas y organizaciones de investigación abordan los desafíos del desarrollo sostenible. A partir de esa experiencia, he llegado a una conclusión que puede parecer sencilla, pero que tiene profundas implicaciones: la sostenibilidad no es únicamente un tema ambiental. Tampoco es exclusivamente un tema económico o social. La sostenibilidad consiste en comprender cómo todas estas dimensiones se relacionan entre sí, cómo convergen, qué sinergias generan y de qué manera sus beneficios pueden ser compartidos por toda la sociedad.

Durante mucho tiempo hemos sido educados para pensar en sectores separados. Existen ministerios de Ambiente, ministerios de Economía, instituciones de salud, autoridades de transporte, empresas privadas y organizaciones comunitarias. Cada uno cumple una función específica y trabaja dentro de sus propios límites institucionales. Sin embargo, los desafíos del siglo XXI no respetan esas fronteras. El cambio climático, la seguridad hídrica, la movilidad urbana, la desigualdad o la pérdida de biodiversidad trascienden cualquier institución individual, y sus consecuencias terminan afectándonos a todos.

El cambio climático no es solamente un problema ambiental. La seguridad hídrica no es únicamente un asunto técnico. La movilidad urbana no se resuelve construyendo más carreteras. La pobreza no desaparece únicamente generando crecimiento económico. Todos estos desafíos forman parte de sistemas complejos donde factores sociales, económicos, ecológicos, culturales y políticos interactúan simultáneamente.

Quizás por eso la sostenibilidad sigue siendo tan difícil de alcanzar. No porque desconozcamos los problemas, sino porque continuamos intentando resolverlos desde perspectivas fragmentadas.

En Panamá contamos con una oportunidad extraordinaria para avanzar hacia una visión más integrada. A través de mis investigaciones he podido observar algo alentador: existe una disposición genuina al cambio. Los ciudadanos muestran interés y compromiso cuando se les involucra. Las instituciones públicas impulsan iniciativas para responder a desafíos cada vez más complejos. El sector privado incorpora criterios ambientales, sociales y de gobernanza en sus estrategias. La Autoridad del Canal de Panamá (ACP) avanza en programas de descarbonización y resiliencia climática. Instituciones como Ciudad del Saber promueven la innovación y el conocimiento. Entidades como el Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (IDAAN) enfrentan diariamente el desafío de garantizar servicios esenciales para la población. Cada una de estas organizaciones realiza esfuerzos valiosos. Sin embargo, el verdadero potencial de transformación no se encuentra únicamente en las acciones individuales, sino en la capacidad de conectarlas.

La verdadera pregunta no es si existen iniciativas de sostenibilidad. La pregunta es si somos capaces de articular esas iniciativas para producir cambios significativos y duraderos.

La sostenibilidad no ocurre cuando una empresa publica un informe ambiental. Tampoco cuando una institución planta árboles o cuando una ciudad inaugura una nueva infraestructura verde. La sostenibilidad ocurre cuando esas acciones forman parte de una visión compartida y coherente del futuro.

A lo largo de mi formación doctoral he estudiado perspectivas muy diversas. Algunas enfatizan la importancia de los ecosistemas y del capital natural. Otras destacan la necesidad del crecimiento económico, la prosperidad y la descarbonización. Algunas ponen el foco en las comunidades y la equidad social. Otras se concentran en la innovación tecnológica, la resiliencia o la gobernanza.

Lo fascinante es que ninguna de ellas está completamente equivocada. Pero tampoco ninguna posee toda la respuesta.

La sostenibilidad emerge, precisamente, en el espacio donde estas perspectivas convergen.

Por ello, gestionar la sostenibilidad no consiste únicamente en conocer indicadores ambientales o estándares internacionales. Significa desarrollar la capacidad de conectar disciplinas, actores e intereses distintos. Significa comprender que una decisión económica puede tener consecuencias ecológicas, que una política ambiental puede generar beneficios sociales y que una inversión en infraestructura puede fortalecer o debilitar la resiliencia de una comunidad.

En otras palabras, significa aprender a pensar de manera integral.

Esta idea no es nueva. En 1987, el Informe Brundtland definió el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades. Sin embargo, alcanzar ese objetivo exige mucho más que buenas intenciones. Requiere comprender que las decisiones económicas, sociales y ambientales están profundamente conectadas. En ese sentido, la sostenibilidad no consiste únicamente en equilibrar intereses, sino en reconocer las interdependencias que existen entre ellos y gestionar esas relaciones de manera integrada.

Vista de esta manera, la sostenibilidad no es un destino al que llegaremos algún día. Es una práctica permanente de integración, aprendizaje y adaptación.

Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo no sea producir más conocimiento sobre sostenibilidad. Existe abundante evidencia científica, tecnológica y económica disponible. El verdadero desafío consiste en conectar ese conocimiento para construir soluciones que reflejen la complejidad del mundo real.

Porque, al final, la sostenibilidad no es un departamento dentro de una organización. No es una certificación. No es un informe anual.

La sostenibilidad es una forma de ver el mundo.

Y cuanto antes aprendamos a verlo de esa manera, mayores serán nuestras posibilidades de construir un futuro verdaderamente próspero, resiliente y justo para todos.

La autora es candidata panameña al doctorado en Gestión de la Sostenibilidad en la Escuela de Medio Ambiente, Empresa y Desarrollo (SEED) de la Facultad de Medio Ambiente de la Universidad de Waterloo, Canadá.


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