Contemplar la majestuosidad de la iglesia de Natá, recorrer las casas coloniales de La Villa de Los Santos o sentir la brisa entre los portales de Las Tablas solía ser una experiencia que conectaba al visitante con siglos de historia, de lucha y de identidad panameña. Hoy, sin embargo, esa sensación se desvanece lentamente entre el concreto mal planificado, los rótulos estridentes y los edificios altos que rivalizan con las torres de las iglesias, sin guardar relación alguna con el alma de estos pueblos.
Lo que alguna vez fue símbolo de orgullo y pertenencia hoy corre el riesgo de desaparecer por culpa de un ordenamiento territorial negligente y de la falta de visión por parte de las autoridades locales y nacionales.
Es innegable que el crecimiento urbano es necesario, pero también lo es la preservación del patrimonio. ¿Cómo es posible que centros históricos tan antiguos como el de Natá —uno de los asentamientos más antiguos de América continental— no estén debidamente protegidos bajo leyes que garanticen su conservación? ¿Por qué Las Tablas, La Villa, Guararé o Parita, cunas de tradición y cultura, siguen esperando una declaración oficial que reconozca su valor histórico?
La respuesta parece encontrarse en una peligrosa combinación de indiferencia y desinformación. En lugar de incentivar medidas de conservación —a través de la declaratoria y regulación de sus centros históricos, con normativas urbanas que respeten el entorno patrimonial—, observamos cómo se permite la construcción indiscriminada, la alteración del paisaje urbano y la pérdida progresiva de los elementos arquitectónicos tradicionales. La identidad visual y cultural se diluye con cada teja reemplazada por zinc, con cada casa de quincha demolida para dar paso a estructuras sin alma.
Como dice Alfredo en su pieza La tierra de mis sueños: “Me mata la nostalgia, porque todas las noches, con dolor yo recuerdo, ese pueblito lindo, allá donde nací”. El sentimiento es inevitable, sobre todo para quienes crecimos en estos pueblos o para aquellos niños citadinos que pasaron los mejores veranos de su vida junto a sus abuelos y primos, entre plazas tranquilas y casas con corredores amplios, donde las abuelas tejían y cuchicheaban, envueltas en la calidez de un entorno que parecía detenido en el tiempo. Los días pasaban rápido, pero hoy todo eso parece ser apenas un recuerdo más de una historia que nadie se esfuerza en preservar.
Urge una política nacional seria de ordenamiento territorial que valore el trazado y la visual de nuestros pueblos, mediante la declaratoria inmediata de sus centros históricos, para que nuestros hijos y nietos puedan seguir viviendo y escuchando el misticismo del pito y el tambor en el Corpus Christi de La Villa; el rugido de los diablos sucios en Parita; la saloma del peón que arma la barrera en Guararé; las calles empedradas del casco viejo de David; y el retumbar de la copla y el volador en Las Tablas, en una tarde de martes de carnaval.
El autor es arquitecto y estudiante de Maestría en Ordenamiento Territorial para el Desarrollo Sostenible.
