Los debates presidenciales no los gana nadie, es una trampa mediática que termina por encender las discusiones más allá del debate, y sirve para generar memes y discusiones de café y ciertas sensaciones de victoria para los participantes: es un engañabobos. Lo sé porque, visto el segundo debate (qué absurdo hacer perder el tiempo por ley), da la sensación, como de costumbre, que al electorado panameño no nos queda más que elegir entre el menos malo.
Y es un engañabobos porque reírse de la aritmética oxidada del todavía vicepresidente (un ¿político? que con tan poco ha durado demasiado), no es otra cosa que señal de hartazgo o de poca visión de futuro. Ha sido, entre todos, otra escenificación del nivel subterráneo de la clase política panameña. Rofiones, utópicos, impostados e inverosímiles: son tan verdad en su poca altura que parecen mentira: no valen como materia literaria ni para un mal cuento.
La trampa del ganador se lanza para que se hable de la puesta en escena, en la que, como se vio, muy poco se ha profundizado en lo que de verdad importa. Si contestan a la pregunta ¿quién ganó?, todos dirán que ganó el suyo y, los que no lo vieron, creen que salieron ganando ellos por no haber perdido el tiempo viendo tonterías, pero la verdad es que salen perdiendo porque la desidia ciudadana es lo peor para la democracia. Así las cosas, los ganadores son los de siempre: los corruptos y su sistema clientelar.
Mirando las caras de los candidatos, no se salva ninguno: en esta segunda entrega del show, más de lo mismo: ganan los memes, la paja y las promesas imposibles y sin explicar. Gana el ausente, al que parece que el electorado prefiere, y no es mérito suyo: la dejadez y la falta de argumentos es lo que nos tiene al borde de una locura muy seria.
Como dice el pregón, “busca el fondo y su razón”.
El autor es escritor
