Se ha vuelto un reflejo automático culpar al sistema de todo. El sistema educativo no funciona, el sistema político no responde, el sistema está roto. Y, en gran parte, es cierto. Pero hay una verdad incómoda que pocos quieren reconocer: repetir que el sistema está mal no nos libera; muchas veces nos paraliza.
Esa es la trampa.
El sistema no solo falla en lo estructural; también condiciona nuestra forma de pensar. Nos empuja a creer que no hay salida, que todo está diseñado para que nada cambie, que estamos condenados a sobrevivir hasta que se acabe el tiempo. No estás atrapado por el sistema; estás atrapado por tu aceptación del sistema. Cuando una sociedad acepta esa idea, deja de intentar. Se adapta. Se resigna. Sobrevive, pero no transforma.
Sin embargo, hay algo que contradice ese relato derrotista: la historia misma. Personas en condiciones mucho más adversas han logrado reconstruirse, aprender y avanzar. No porque el sistema se los haya facilitado, sino porque se negaron a reducir su vida a las limitaciones que tenían enfrente. La historia no recuerda a los que criticaron; recuerda a los que construyeron.
No es un discurso ingenuo. Nadie afirma que todo depende de la voluntad ni que el esfuerzo individual resuelva problemas estructurales complejos. Eso sería simplificar una realidad dura. Pero también es un error creer que no existe ningún margen de acción. Si siempre haces lo mismo, no te sorprendas cuando todo siga igual.
Los pensadores de la antigüedad ya advertían algo similar: desde hace siglos se sabía que el mayor riesgo de una sociedad no es la dificultad, sino la pérdida del criterio. Cuando las personas dejan de cuestionar, de actuar y de asumir responsabilidad sobre su propio desarrollo, el deterioro deja de ser solo institucional y se vuelve interno. Si dejas de pensar por miedo, el sistema ya ganó.
Hoy, en Panamá, ese riesgo se percibe con fuerza en el ámbito educativo. Pensemos en las escuelas rurales, donde los docentes, con recursos mínimos, continúan enseñando pese a la indiferencia del sistema. Pensemos en los estudiantes que caminan horas, atravesando barrios precarizados, porque saben que la educación es un camino, aunque tortuoso. Esos actos cotidianos demuestran que, aunque el sistema cruje, las personas pueden desafiarlo día a día. El miedo a cambiar es más paralizante que cualquier defecto del sistema.
No todo tiene solución. Existen límites reales, y negarlos sería absurdo. Pero casi todo, excepto la muerte, tiene algún margen de cambio. Ese margen, sin embargo, rara vez es cómodo o inmediato. Comienza con decisiones pequeñas, repetidas y sostenidas. No esperes un mundo perfecto; empieza a ser imperfectamente responsable hoy.
El sistema puede estar mal. Pero creer que eso define por completo el resultado es caer en su trampa más eficaz. La comodidad de culpar nunca construyó nada.
La pregunta no es si todo está bien. No lo está.
La pregunta es qué se está haciendo, de manera concreta, para no reproducir lo mismo. Mientras esperas un cambio que no llega, alguien más está actuando.
Porque, al final, una sociedad no cambia solo cuando cambia su estructura. Cambia cuando sus individuos dejan de actuar como si no tuvieran ningún poder. La libertad se compra con disciplina, no con quejas.
Y eso, aunque incomode, sigue siendo una decisión.
La autora es profesora de filosofía.


