La universidad no se puede desprender de los problemas que encara la humanidad y una de las características actuales es su carácter planetario. Los problemas locales están imbricados con los globales. O, parafraseando a Aníbal Quijano, existen heterogeneidades estructurales: hay problemas estructurales que se expresan heterogéneamente según el territorio. Si bien la crisis es planetaria, no podemos descuidar las particularidades, territorialidades y especificidades; tampoco, en sentido inverso, podemos quedar atrapados en lo local sin contemplar la complejidad.
En ese sentido, la universidad juega un papel fundamental, al menos en tres sentidos: por un lado, como epicentro de discusión de estos temas; en segundo lugar, como espacio de amplificación. Hartmut Rosa habla de la “resonancia” como un “vínculo con el mundo”; y, por último, como un espacio que procura diseñar alternativas. Cuando hablamos de crisis planetaria nos referimos a problemas como la pobreza y la crisis climática, entre otros, entendidos como asuntos de alcance planetario y que, para resolverse, requieren el diseño de soluciones de ese mismo alcance.
Respecto de lo primero, es imperativo fomentar debates críticos y transdisciplinares que integren ciencias naturales, sociales, humanidades, tecnología y saberes locales para comprender la complejidad de la crisis. Incluso se habla mucho de las “ciencias de la Tierra”. En esa misma línea, es importante aunar esfuerzos en foros permanentes, seminarios públicos y cátedras abiertas que convoquen a estudiantes, docentes, representantes de la sociedad civil, pueblos originarios y tomadores de decisiones para garantizar pluralidad de voces y epistemologías y, como veremos en el tercer punto, diseñar alternativas.
No lograremos lo anterior si no producimos diagnósticos y evaluaciones territoriales rigurosas que traduzcan la información científica en narrativas comprensibles para la comunidad y para la formulación de políticas. En última instancia, se trata de incorporar la crisis planetaria en los currículos de diversas carreras para que los profesionales entiendan los contextos socioambientales y sus responsabilidades éticas, con el fin de forjar ciudadanías planetarias críticas. Aquí, uno de los grandes retos de la universidad de hoy es pasar de espectadora a catalizadora de un saber propio de su tiempo, con la capacidad de generar alternativas.
Como punto intermedio, entendemos la universidad como un espacio de amplificación, donde se difunden y reproducen saberes. En ese sentido, debemos estar a la altura de amplificar el pensamiento crítico, traducir y difundir conocimiento técnico-científico en formatos accesibles, como podcasts, contenidos audiovisuales e infografías, para llegar a audiencias amplias. Debe servir como plataforma mediadora entre comunidades afectadas por la crisis planetaria, potenciando testimonios locales y evidencia científica simultáneamente. En esa misma dirección, hay que generar redes y nodos de conocimiento con organizaciones públicas y privadas que promuevan buenas prácticas. La idea de la amplificación es capacitar a multiplicadores: docentes, líderes comunitarios, estudiantes y funcionarios, para que las iniciativas se repliquen en territorios diversos.
Por último, si no diseñamos alternativas, quedamos en el aire. Nuestro propósito es promover investigación aplicada y transdisciplinaria orientada al diseño de soluciones e implementar proyectos que funcionen como demostradores escalables. Desde la universidad es posible aportar al diseño de soluciones articulando investigación, docencia y extensión en diálogo permanente con los territorios. La universidad puede ser motor de transformación si aprende de problemas complejos junto con la comunidad, amplifica voces y conocimientos, y construye alternativas viables y contextualizadas que contribuyan a una salida sostenible en el tiempo de la crisis planetaria.
El autor es doctor en filosofía y docente de la Universidad de Panamá.
