En el tejido de la crianza moderna, parecemos atrapados en los extremos. Hace poco, en uno de mis talleres sobre crianza, una madre recordaba cómo la mirada severa de su madre bastaba para “enderezarla de una”, un gesto que el público aprobó con nostalgia. Segundos después, esa misma madre confesaba su total incapacidad para sostener un “no” frente a su hijo de cuatro años. Los mismos rostros volvieron a asentir, revelando una profunda fractura: el temor a repetir el autoritarismo del pasado nos está volcando hacia una permisividad desorientada.
Esta confusión social quedó en evidencia cuando se viralizó el video de una madre golpeando a su hijo “para que aprenda”. La escena provocó aplausos en televisión abierta, bajo la falsa premisa de que el respeto es sinónimo de debilidad. Sin embargo, días después, el mismo público lloraba ante la llamada de una abuela que denunciaba el maltrato hacia su nieto.
Aplaudimos el golpe correctivo y nos indigna el dolor del niño cuando se le nombra como maltrato.
El ruido diario de la polarización parece filtrarse en nuestras dinámicas familiares. Nos hemos acostumbrado a vivir en los extremos: control absoluto o permisividad caótica. Esto nos deja un vacío peligroso que está afectando lo más sagrado que tenemos: la formación de nuestros niños y jóvenes.
Nuestra sociedad panameña atraviesa una contradicción que nos obliga a mirarnos al espejo con honestidad. Por un lado, somos un pueblo solidario, capaz de volcarse en apoyo ante una tragedia; por otro, mantenemos una cultura que a veces roza el acoso. Lo vemos en las redes sociales, donde se celebra la “chancleta voladora” o el rejo como las únicas herramientas de disciplina, mientras se tacha de debilidad cualquier intento de crianza basado en el respeto.
Es imperativo entender que la crianza no es una batalla para ver quién tiene la mano más dura, sino un entrenamiento para la vida. No estamos simplemente intentando que los niños se “porten bien” en el supermercado hoy; estamos apoyándolos para que desarrollen habilidades sociales y emocionales que les permitan navegar el mundo cuando tengan 25, 45 o 55 años. Ese es el verdadero norte.
Venimos de un sistema vertical, heredado de una era industrial en la que la autoridad se ejercía desde el miedo y el enfoque estaba únicamente en el resultado: ganar o fracasar. En ese escenario, el premio y el castigo eran las únicas monedas de cambio. Los tiempos han cambiado y la ciencia ha confirmado las grietas que deja el autoritarismo. El problema es que, en el afán de alejarnos de la rigidez, muchos han caído en el extremo opuesto: la permisividad y la sobreprotección.
Hoy vivimos en un entorno de excesos e incertidumbre que no permite comparaciones fáciles con el pasado. Malgastamos energía añorando “cómo era antes” en lugar de invertirla en lo que nuestros hijos necesitan ahora para enfrentar entornos laborales cada vez más retadores. Lo que las empresas llaman hoy habilidades de poder o power skills son, en realidad, esas cualidades humanas que se siembran en la infancia.
La solución no está en ninguno de los dos bandos. La propuesta es avanzar hacia el respeto mutuo, donde la amabilidad y la firmeza caminen de la mano. Los límites y las situaciones de incomodidad son necesarios. Son como barandales en un camino: están ahí para dar seguridad y evitar caídas, no para golpear a quien camina.
Criar hoy es un acto de profunda humanidad. Si aspiramos a una nación menos fragmentada y violenta, el cambio debe comenzar en nuestras casas. El gran reto de nuestra sociedad es dejar de ser bandos para convertirnos en puentes. Solo así, las huellas que dejemos en el camino de nuestros hijos serán de claridad y crecimiento en lugar de miedo o vacío. Al final del día, se trata de guiarlos desde su propia fortaleza interna para que aprendan a vivir con bienestar en un mundo que no deja de girar.
La autora es especialista en disciplina positiva.


