Yo pienso que Donald Trump es un patán despreciable, mientras que mi vecino está convencido de que como presidente de Estados Unidos el republicano va a remediar todos nuestros problemas. Ambos estamos viendo al mismo hombre y escuchando lo que dice, pero arribamos a conclusiones totalmente diferentes.
Fulano de tal no cree en Dios, pero su amiga está convencida de que Dios sí existe. No importa si hay un Dios o no: lo que importa son nuestras opiniones y creencias.
¿Cómo se explica?
Según Immanuel Kant y otros filósofos del idealismo, la realidad externa —la verdad, en otras palabras— está fuera de nuestras mentes subjetivas. Nosotros, los seres humanos, no tenemos la capacidad de conocerla plenamente. Estos filósofos sostienen que lo único que sí existe para nosotros es nuestra mente. Somos seres encerrados en nuestras propias realidades. Incluso hay filósofos que dicen que hasta los colores no son exactamente iguales para todos, porque dependen de cómo cada cerebro los interpreta.
Un ejemplo de la filosofía de Kant:
Si un pescador arroja una red al mar y, al recogerla, se da cuenta de que todos los peces capturados miden diez centímetros o más, concluye que todos los peces del mar tienen ese tamaño.
Pero estaría equivocado: la red tiene aberturas de diez milímetros y seguramente hay peces más pequeños que simplemente no pudo capturar.
La red, en este ejemplo, representa nuestras mentes. No todos tenemos redes con las mismas aberturas.
Cuando observamos cualquier fenómeno, cada uno lanza su propia red para captar e interpretar lo que estamos viendo, escuchando u oyendo.
¿La verdad? Nunca la vamos a saber, y, en todo caso, para la mayoría de nosotros, no importa.
El autor es jubilado y profesor de música.
