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La verdadera reducción del Estado

Reducir el tamaño del Estado no consiste simplemente en disminuir la planilla estatal, como algunos sugieren de manera simplista. Muchos políticos repiten la idea de “reducir, reducir y reducir”, pero raramente entienden los principios que fundamentan la limitación del poder estatal.

Centrarse en la reducción de la planilla solo produce un impacto temporal. A largo plazo, tal como un río que se desvía de su cauce y eventualmente regresa tras una gran tormenta, el Estado y sus funcionarios tienden a recuperar su tamaño original. Disminuir la planilla no resuelve el problema de fondo, ya que las instituciones y la discrecionalidad sobre su poder permanecen intactas, sin un cambio estructural que garantice resultados duraderos.

La verdadera reducción del Estado comienza al limitar su poder mediante una definición clara de sus funciones y roles, que deberían centrarse fundamentalmente en la seguridad, la justicia y la protección. Algunos podrían agregar la salud y la educación. Solo cuando comprendamos el verdadero alcance de sus funciones podremos determinar su tamaño adecuado.

Existen instituciones sociales, formas de interacción y normas que regulan la vida cotidiana de las personas sin intervención estatal. Sin embargo, cuando el Estado se convierte en un Leviatán que interviene en todo, estas instituciones se ven debilitadas y sometidas a la coacción estatal. Reducir el tamaño del Estado significa evitar que los burócratas concentren todo el poder de decisión, ya sea económico, político o social.

Cuanto más grande sea el Estado y mayor la dependencia de la sociedad hacia él, más se pierde la libertad individual para actuar, intercambiar y cooperar. Las instituciones sociales, como las costumbres, tradiciones y normas morales, son reemplazadas por instituciones políticas que imponen nuevas reglas sobre cómo debemos vivir. Un Estado grande tiende a convertirse en un ente omnipotente que busca controlar cada aspecto de la vida.

Reducir la planilla puede generar una sensación temporal de mayor libertad, pero si no se limitan adecuadamente las funciones del Estado, esos espacios de libertad eventualmente se llenan nuevamente. Aparecen nuevos actores, y el resultado es un Estado aún más grande, con un monopolio creciente sobre la fuerza y la violencia.

En última instancia, el Estado debe ser visto como un mal necesario, cuyas funciones deben ser claramente limitadas para evitar el deterioro del bienestar social. No existe “almuerzo gratis”, ni derechos que se puedan otorgar únicamente mediante la coacción. Un Estado grande coarta la naturaleza humana, restringiendo la creatividad, la capacidad de competir y generar riqueza, y el deseo de superarse constantemente para mejorar la calidad de vida.

El autor es miembro de la Fundación Libertad


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