Lo que el legítimo presidente de la república dijo en Costa Rica es de un cinismo alarmante, una arrogancia propia de un boquisuelto, porque amenazar con prender un país es perverso, pero peor es ir de víctima cuando en el fondo siempre fue verdugo. Las reacciones exageradas de unos y otros dejan muy claro el problema de fondo de este país: a muchos no les importa el criterio, los hechos ni la defensa de las instituciones.
Mulino llegó prestado a la candidatura presidencial; no se lo esperaba o fue parte del complot para dejar por fuera a su parcero de fórmula —lo que él negará—, pero lo cierto es que llegó a Las Garzas por la puerta de atrás, con el impulso de los «martineliers», que esperaban del faltón arrogante otra manera de hacer las cosas de cara a su presi. Porque él iba de vice, pero ahora cree no necesitar uno, como si la Constitución no dijera nada al respecto. Pero, según él, es víctima.
Exagerar sobre el estado de la democracia es una forma de mentira peligrosa, porque exacerba ánimos, pervierte verdades e invita a dudar de esta en favor de autocracias que garantizan cierta seguridad pagada con la libertad, un precio muy alto para cualquier sociedad. Si tan capaz era de prender por los cuatro costados este país, ¿por qué no es capaz de pacificarlo por las mismas vías? Ahí se demuestra que es verdugo en el fondo, que prefiere ver arder el país porque no es capaz de darle estabilidad.
«Vencerá, pero no convencerá», dijo Unamuno, a menos que construya la paz social. El verdadero poder no se demuestra por nuestra capacidad de destruir, sino por la de construir, y eso solo se puede hacer de dos maneras: fortaleciendo la honestidad de las instituciones o por clientelismo, que es la vía que prefieren los verdugos, la que se usa hoy para garantizarse un respaldo que no tiene, a pesar de todo.
El autor es escritor.
