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La victoria que nos recuerda quiénes somos

La victoria que nos recuerda quiénes somos

Con gran emoción y los lentes empañados, me siento a escribir sobre algo que no suelo comentar: el fútbol.

En mis columnas hablo de política, tecnología, sociedad… pero el deporte, aunque lo sigo, rara vez se convierte en tema central. Hoy hago una excepción. Y lo hago con orgullo y el corazón lleno.

Porque Panamá está en el Mundial 2026. Y eso no es poca cosa.

Fue una clasificación sufrida, comentada, criticada. En algún momento se pedía la renuncia del técnico Thomas Christiansen. Las redes ardían, los análisis se multiplicaban, las dudas eran legítimas. Pero el fútbol —como la vida— da revanchas. Y esta vez, nos la dio en casa.

En un estadio Rommel Fernández lleno hasta la bandera, Panamá jugó con convicción, con la determinación de quien sabe que todo depende de esa noche. César Blackman abrió el marcador al 17, y el grito de gol fue una catarsis. Eric Davis puso el segundo de penal justo antes del descanso. El Rommel no era un estadio, era un volcán en erupción. Y para sellar la faena, José Luis Rodríguez marcó el tercero. Una noche redonda.

Pero también, allá en El Trébol, Guatemala hacía lo suyo. Derrotó 3-1 a Surinam, dejándolo sin opciones. La combinación perfecta. Todo se alineó. Panamá alcanzó los 12 puntos que necesitaba, superó la presión y se metió, otra vez, en la historia.

Esta clasificación no solo habla de fútbol. Habla de carácter, de identidad, de un país que no se rinde. De un pueblo que puede disentir, criticar y exigir, pero que al final sabe abrazarse cuando la victoria llega. Porque ser panameño no es solo estar cuando ganamos, sino también cuando perdemos. Con humildad en la derrota, con valentía en la lucha y con orgullo cuando el deber se cumple.

Lo que logró esta selección nos recuerda que Panamá, aunque pequeño en territorio, es inmenso en corazón. Que podemos estar al nivel de los grandes si creemos, si trabajamos y si perseveramos. Que desde este rincón del mundo también se puede soñar y alcanzar metas que hace años parecían inalcanzables.

Y sí, esto no borra los errores del camino ni las decisiones cuestionables ni las carencias del sistema deportivo nacional. Pero no le quita valor al logro. Aun con todo eso en contra, Panamá se clasificó. Y eso merece ser celebrado.

Hoy, más allá del marcador, el verdadero triunfo está en las calles, en las casas, en los abrazos, en las lágrimas de alegría. En el niño que se pone la camiseta con ilusión. En el adulto que recuerda aquel primer Mundial de 2018. En el país que, por unos minutos, se olvida de sus divisiones y vibra unido por algo más grande.

Que esta alegría no se quede solo en la euforia del momento. Que nos enseñe, una vez más, que somos capaces de lo que nos propongamos, en el fútbol y fuera de él. Que cuando empujamos juntos, Panamá avanza.

Hoy no escribo solo como columnista. Escribo como ciudadano, como hincha ocasional, como panameño agradecido. Porque cuando el himno suena en un estadio del mundo y la camiseta roja aparece en pantalla, algo se nos aprieta en el pecho. Es el alma de un país entero diciendo: “Aquí estamos”.

Nadie detiene a este pequeño país con un corazón enorme.

El autor es administrador industrial.


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