La historia del intervencionismo estatal es la de una incesante coacción disfrazada de falsa filantropía. Los apóstoles del estatismo y del marxismo nos repiten que, sin el látigo de los impuestos, la sociedad quedaría desamparada. Sin embargo, una reciente e innovadora reforma fiscal que prepara el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos está a punto de desenmascarar esta falacia, sentando las bases para posibilitar una inmensa redistribución de la riqueza, pero de forma estrictamente privada y voluntaria.
Hasta hoy, cuando multimillonarios como Bill Gates o Warren Buffett deciden donar ingentes cantidades de su riqueza “sumando entre ambos más de 120.000 millones de dólares”, lo hacen a través de fundaciones privadas y no directamente a los ciudadanos. ¿La razón empírica? El asfixiante expolio fiscal. En el sistema actual, regalar acciones directamente a un individuo implica transferir una auténtica “bomba de relojería fiscal”, ya que la obligación de pagar impuestos por las plusvalías latentes recae sobre quien recibe la donación,. Por el contrario, donar a una fundación exime de tributar por esas ganancias latentes y permite al donante deducir el importe en el impuesto sobre la renta. El Estado, con su habitual arrogancia, levanta barreras que penalizan la ayuda directa y voluntaria entre individuos.
Para sortear este obstáculo surgieron las “Trump accounts”, unas cuentas de ahorro con bonificaciones fiscales destinadas a menores de edad. Estas herramientas permiten a los empresarios aportar deducciones libres de impuestos para los hijos de sus trabajadores y facilitan que las grandes fortunas donen efectivo de forma amplia y neutral —por ejemplo, a todos los residentes de X sector— obteniendo beneficios similares a los de las fundaciones. El caso del magnate Michael Dell es paradigmático: ha anunciado la donación de 6.250 millones de dólares en efectivo a 25 millones de niños estadounidenses menores de diez años a través de este vehículo.
El único defecto de este mecanismo es que los grandes patrimonios están invertidos en acciones, no en efectivo; venderlas para donar liquidez obliga a tributar cifras confiscatorias por las plusvalías. Se encuentra aquí parte de la hipótesis del gobierno de Trump: la nueva reforma busca que las acciones donadas a las “Trump accounts” queden exentas de pagar el impuesto sobre la renta por las ganancias acumuladas. Al suprimir este trato de favor exclusivo de las fundaciones, se fomenta una transferencia masiva de riqueza hacia la sociedad de manera directa y sin intermediarios.
Desde nuestra trinchera libertaria y anarcocapitalista, comprendemos praxeológicamente que una decisión libre siempre tiene mayor potencial de crecimiento que cualquier imposición gubernamental. Los defensores del libre mercado jamás nos hemos opuesto a la solidaridad; a lo que nos oponemos frontalmente es a la redistribución coactiva de la renta, es decir, al robo institucionalizado.
No duden de que la izquierda estatista y populista se opondrá a esta reforma. Al hacerlo, revelarán su verdadera naturaleza: no les interesa genuinamente que la riqueza llegue a los más necesitados; lo que consideran realmente virtuoso no es la redistribución en sí, sino la coacción, el poder dictatorial para arrebatar por la fuerza el fruto del esfuerzo ajeno, ya que de facto esto no es una obligación solo es una opción cualquier empresario benefactor puede seguir utilizando mecanismos anteriores o métodos pocos ortodoxos pero esto es una buena decisión a fin de generar una brecha de opciones a las personas que por X o por Y han logrado obtener un gran patrimonio y desean distribuir el mismo
Panamá debe tomar nota. El verdadero progreso jamás nacerá de la coerción burocrática, sino de individuos interactuando y ayudándose de forma voluntaria. Cuando el Estado retira sus garras fiscales, la cooperación social alcanza su máximo esplendor, demostrando que la libertad económica es siempre el mejor resultado para todos los involucrados.
El autor es analista independiente.


