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Las brechas silenciosas de la educación superior panameña

Las brechas silenciosas de la educación superior panameña
Educación superior, sin visión: Luis Alberto Morán A.

En los paradigmas actuales de la educación superior se identifican corrientes de pensamiento e ideales que revelan el largo camino que todavía debe recorrer la educación panameña para convertirse en un sistema verdaderamente inclusivo, equitativo y centrado en el estudiante. Aunque los discursos institucionales promueven la innovación, la transformación digital, la igualdad de oportunidades y la formación integral, la realidad muestra profundas brechas entre estos principios y las experiencias cotidianas del estudiantado.

Persisten estructuras burocráticas, modelos pedagógicos rígidos, desactualizados y mecanismos de apoyo lentos o insuficientes que no responden oportunamente a las condiciones económicas, sociales y personales de quienes intentan permanecer en la universidad. Universidades inaugurando carreras sin poseer la infraestructura ni los laboratorios. Además, se suman los vacíos en la enseñanza de la educación secundaria, que profundizan la deficiencia de los saberes básicos que los estudiantes deben poseer al ingresar a las universidades.

¿Cómo podemos hablar de calidad de la educación, educación del siglo XXI, virtualidad y equidad en el acceso educativo panameño, si tenemos estudiantes que, cuando llega la hora de la clase, notifican al profesor que no podrán asistir de forma virtual porque no tienen “data” para acceder y el papá aún no ha cobrado la quincena para comprar una tarjeta de 5 dólares y meter “data”? ¿Cómo podemos alardear de educación de primera si la marcada división social y económica de Panamá no lo permite? Existen estudiantes que, por la modalidad virtual, tienen que salir de sus casas a buscar alguna conexión pública y quedarse ahí, sentados afuera, conectados para asistir a la clase, hacer tareas y entregar trabajos a tiempo. Estoy seguro de que existen docentes que desconocen por completo la realidad y las barreras que sus estudiantes tienen que superar para entregar un escrito por correo electrónico.

¿Cómo es posible que, durante una clase, un profesor prohíba a sus estudiantes hablar o formular preguntas y les indique que cualquier duda debe enviarse exclusivamente por correo electrónico? Esta práctica evidencia una actitud docente autoritaria y una concepción unidireccional de la enseñanza, en la que el estudiante queda reducido a escuchar y obedecer. Al impedir la pregunta, se limita la participación, se debilita el pensamiento crítico y se desconoce que el diálogo constituye una parte esencial del aprendizaje. Organizar los momentos de intervención puede ser necesario, pero silenciar al estudiante no es disciplina ni rigor académico, es una actitud restrictiva y antidialógica.

La desigualdad en el acceso a la educación es tan cruel e injusta que estudiantes entregados al saber, con ganas de aprender, de obtener buenos resultados, que trabajan por tener buenas calificaciones, asisten irregularmente a sus clases porque tienen que trabajar algunas horas durante algunos días o trabajar uno que otro día durante la semana para poder pagar sus estudios, porque estudiar en una universidad del estado también tiene un alto costo. Entonces nos preguntamos: ¿Dónde está el trabajo social de las universidades? ¿Dónde están las instituciones públicas panameñas creadas al servicio y en favor de los más necesitados?

Aquí dejo una pregunta abierta, estimados lectores: ¿funciona una entidad de servicio social cuando se le exponen los casos de estudiantes que verdaderamente necesitan el apoyo para terminar sus estudios y, como respuesta, se recibe “bueno, este es un proceso que demora mucho, lo que hacemos es que entre profesores hacemos una vaca y se la damos al estudiante” Esta acción solidaria puede resolver momentáneamente la necesidad urgente, pero no atiende las causas estructurales del problema ni sustituye la responsabilidad institucional. La buena voluntad del profesorado es valiosa, pero no debe convertirse en el mecanismo habitual para cubrir las deficiencias de un sistema creado precisamente para garantizar acompañamiento, equidad y permanencia estudiantil.

Las brechas, las desigualdades y la marginación dentro de la educación superior panameña no son hechos aislados ni simples dificultades administrativas; sí, porque la parte administrativa tiene responsabilidad en esto: no es solo registrar estudiantes; también debe existir el acompañamiento académico. Este es el resultado de una estructura que muchas veces identifica la vulnerabilidad, pero responde tarde, de manera insuficiente o no responde.

Cuando la permanencia de un estudiante depende de colectas improvisadas, favores personales o de su capacidad para resistir el abandono institucional, la universidad deja de ser un espacio de igualdad y comienza a reproducir las mismas exclusiones que afirma combatir. No basta con abrir las puertas de la educación superior; también es necesario garantizar que nadie sea expulsado silenciosamente por la pobreza, la burocracia o la indiferencia de los docentes. Una institución verdaderamente inclusiva no mide su compromiso por los discursos que pronuncia, sino por las vidas que logra sostener cuando estudiar se convierte en un acto de resistencia.

El autor es doctor en Recursos Hídricos y Cambio Climático.


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