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Las distancias que nos acercan

Las distancias que nos acercan
las dificultades fueron mayores en matemáticas que en lectura, posiblemente porque el progreso en matemáticas depende más de la instrucción formal que en el caso de la lectura. EFE/Alberto Estévez

El jueves pasado participé en el IV Seminario Iberoamericano de Estrategias de Promoción Lectora: “La lectura en tiempos de crisis”, organizado por la OEI, oficina de Ecuador. El tema del conversatorio que nos tocó fue: Distancias entre las políticas de lectura y la realidad. Un título en verdad lleno de complejidades que todos nuestros países enfrentan. Este artículo resume las ideas de mi intervención.

En términos de políticas de lectura, escritura y oralidad, los desafíos de nuestros países, estructuralmente, trascienden la mera alfabetización, porque la necesidad de transformar una práctica escolarizada en un derecho cultural pleno y sostenible es un problema complejo que implica reales compromisos, estrategias, visiones y recursos.

Las brechas sociales y la ineficiencia de la política son las distancias que nos separan y, irónicamente, al mismo tiempo, son las que nos acercan a la ruta para una renovación profunda del ecosistema del libro y la lectura en nuestros países. El problema de la lectura en Panamá, que es el caso que conocemos, no es únicamente la falta de comprensión de textos, sino la reincidencia de un modelo centralista, burocratizado y sujeto a los vaivenes de la política.

Los “puntos ciegos” de las políticas ocurren cuando se ignoran las necesidades de la población, porque los territorios no son uniformes, sino multiformes y diversos. Estamos de acuerdo en que para que exista un cambio real se debe transitar de una política diseñada “para la gente” a una construida “con la gente”, donde las comunidades dejen de ser meras receptoras pasivas de libros y se conviertan en coautores de su propia gestión cultural. Por eso, los planes intersectoriales de lectura son necesarios, porque desde allí se puede escuchar la voz de los territorios.

La burocracia es la asfixia del fomento lector. El ecosistema del libro, compuesto por mediadores, bibliotecarios y gestores culturales, a menudo se ve atrapado en procesos administrativos que dificultan la emergencia de iniciativas ciudadanas o comunitarias. La agilidad y la identidad del mediador se frustra cuando, encima de que no hay recursos, las burocracias rígidas, sin la flexibilidad necesaria, entorpecen los procesos de desarrollo cultural que, por su naturaleza, no son lineales ni inmediatos.

Un plan de lectura eficaz requiere de modelos de financiamiento y gestión que reconozcan la autonomía del mediador en el territorio, que le permita adaptar sus estrategias sin ser castigado por la lentitud de los trámites estatales. La identidad de quien fomenta la lectura es la de un puente humano, y ese puente no puede sostenerse solo con procesos administrativos. Las políticas deben entender que la biblioteca, por ejemplo, es un escenario de lectura y, a la vez, un proyecto político-pedagógico vivo; no solo una infraestructura.

Tradicionalmente, las políticas de cultura (léase lectura) se han confrontado con indicadores de cumplimiento que no reflejan el impacto real en el comportamiento de los ciudadanos. Contar el número de horas de cuento o de libros entregados es insuficiente si no hay un indicador que manifieste cómo las acciones han cambiado la relación del usuario en su entorno. La incidencia real de una política se refleja en la transformación de los hábitos, las relaciones y en el fortalecimiento del pensamiento crítico desde la lectura. Hay que evaluar con sentido sociocultural, los indicadores tienen impacto hasta en las pequeñas cosas.

Los ciclos de gobierno en Panamá imponen una interrupción constante de los procesos de mediación con cada cambio de administración. Hay que blindar las políticas culturales para que sean políticas de Estado permanente y no programas de gobierno temporal. La sostenibilidad solo se alcanza con un respaldo legal sólido y una partida presupuestaria protegida, pero, sobre todo, cuando la sociedad civil se apropia de la política cultural. La política de lectura debe sobrevivir a los gobernantes; es una condición esencial para el desarrollo humano del país.

Las políticas públicas deben integrar la oralidad y los saberes de los pueblos originarios, no como un anexo, sino como un pilar del plan nacional de lectura, escritura y oralidad. Un plan que aspire a la equidad debe ser interseccional. Debe reconocer que factores como la etnia, el género y la ubicación geográfica determinan las posibilidades de acceso a la cultura escrita y oral. La lectura debe ser el vehículo para validar múltiples formas de saber y para que cada panameño se vea reflejado en las historias que consume y produce.

El problema de la lectura en Panamá ha sido y es una manifestación de la desigualdad social y de la falta de una visión de Estado a largo plazo. No basta con enseñar a leer; es necesario crear las condiciones para que la lectura tenga sentido y utilidad en la vida cotidiana de las personas en todo el territorio. Solo cuando la lectura sea asumida como una herramienta de libertad y desarrollo personal, Panamá podrá decir que ha superado su crisis de educación.

El autor es escritor.


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