Es evidente que, en el ambiente político actual, existe una gran disconformidad. Los días pasan y el pueblo espera que el país despegue, pero lamentablemente no ha sido así. Por un lado, tenemos a un gran número de panameños que apoyaron nuevas figuras en la política, esperando que las reglas del juego cambiaran y que el panorama fuera distinto. Por otro lado, están aquellos que, aferrados a las viejas costumbres, quieren seguir controlando las riendas del país. Es aquí donde convergen estas dos fuerzas, generando un choque de pensamiento y actuación. Al final de este largo camino llamado democracia, surgen muchas preguntas, entre ellas: ¿cuándo podremos tener un ambiente de paz y tolerancia?
Debemos respetar los pensamientos y criterios, sin caer en ofensas ni invitaciones a pelear. Hay que entender que, aunque no todos compartan la misma opinión, siempre debe prevalecer el llamado a trabajar por el mismo país, el mismo pueblo. Aquí no deberían existir bandos, sino soluciones a los problemas. La juventud está ávida de aprender, de poner en práctica conocimientos que quizás no sean los mismos que los de aquellos que ya no son tan jóvenes. Hay que cambiar las viejas estrategias; el país está pidiendo a gritos una transformación política, cultural, educativa y en salud, pero, sobre todo, que se logre trabajar juntos. Estamos hartos del “juega vivo” y de los arreglos detrás de puertas cerradas que se daban antes. Tienen que entender que el país quiere un rumbo distinto al que tomaron los últimos gobiernos; no quiere más conflictos, altercados ni discusiones sin fin.
Panamá tiene gente nueva y buena, dispuesta a trabajar, pero se requiere un diálogo abierto a la libertad de pensamiento. Aquí ya no cabe más el “quién eres, de dónde vienes o qué quieres para ti”. Lo importante es: ¿qué debemos hacer para llevar el país a un puerto seguro? ¿Cómo podemos colaborar en ese plan? Al final de esta historia, los cinco años pasarán y el trabajo realizado redundará en beneficio de todos. Anteponer el orgullo no es de débiles; al contrario, nos hace más fuertes, más humanos. Si buscas el beneficio de todos, has entendido que esa es la tarea más grande que se te ha asignado.
Sabemos perfectamente que las carencias son muchas, los recursos son pocos, y que el éxito toma tiempo. No aspiramos, como pueblo, a una resolución inmediata de problemas, porque estamos claros en que no será así. Pero el ambiente hostil que se percibe no contribuye a la estabilidad económica ni política. El panameño de a pie solo espera un gobierno presente, un presidente claro en sus funciones y que, con mando e inteligencia, asuma la responsabilidad de dirigir sin intromisión, siendo consejero y mediador cuando sea necesario. Pero, para que eso ocurra, debe haber respeto mutuo; el país no es uno sin el otro, ambos poderes son importantes.
En este país, jóvenes y adultos han aportado, cada uno en su momento, a la reconstrucción de la nación. Es por ellos, por los más jóvenes, por aquellos que aún tienen mucho que vivir, que debemos seguir sumando y aportando para que exista un futuro. De lo contrario, nos veremos cada día más sumergidos en la pobreza, y con el pasar de los años, Panamá será solo un recuerdo. No quiero morir sin haber luchado por mi país, sin haber aportado algo a su crecimiento, aunque sea a través de estas líneas, para llegar y dejar un mensaje a aquellos que nos dirigen y que no están viendo con claridad lo que su pueblo espera: tolerancia y respeto.
La autor es secretaria.