Para obtener una muestra representativa de un universo o población total, los profesionales de la estadística utilizan diversas fórmulas que contemplan un margen de error que puede variar entre un dos a cinco por ciento, el cual es considerado “aceptable” para efectos de un pronóstico.
Ahora bien, la muestra representativa se llama así precisamente porque parte del supuesto de que la misma expresa el “sentir” o pensar de un número que se aproxima a la realidad. Dicha muestra debe ser aleatoria y debe cubrir de manera equitativa el género, edad, nivel social, residencia etc..
Si la muestra falla en algún aspecto de cálculo y comprobación en algunos de los puntos mencionados anteriormente entonces esto se reflejará en los resultados con un nivel de error que puede trastocar la realidad y resultado de la misma.
En un tiempo las encuestas políticas eran personales, es decir se abordaba a un público en la calle o vivienda y se le formulaban breves preguntas sobre un tema en particular. Luego se implementó la encuesta por llamadas telefónicas escogidas” al azar para minimizar el riesgo de posible desconfianza del entrevistado.
Si las preguntas no están bien formuladas y no se captan bien obviamente que las respuestas no serán las esperadas. Jamás las preguntas deben ser muy largas o contener cargas negativas o positivas que sugieran una posible respuesta pues entonces se trastocará el resultado.
Las encuestas escritas tenían la ventaja de presentar variables cortas para optar por alguna respuesta muy puntual. También se hacían anónimas para lograr mayor confianza del entrevistado. También se contemplaba la formación de los encuestadores quienes eran capacitados en un periodo de tiempo para poder ejercer como tales.
Las encuestas de carácter político son diferentes al resto de sondeos pues en las mismas entran en juego factores muy cambiantes como el estado de ánimo, desconfianza y también la influencia de la propaganda política. De tal manera que una encuesta de opinión política debe realizarse de manera sistemática para poder acercarse más no “adivinar” el resultado electoral.
Las encuestas aplicadas en Panamá en los últimos diez años han ido mermando en cuanto a su grado de vaticinio pues las mismas quizá no contemplaron elementos propios de un sondeo con carácter científico. Lejos de eso, cada candidato a la Presidencia o agrupación cercana al mismo empezó a formular “su propia” encuesta para salir favorecido con sus resultados.
Para las elecciones de 2014, las predicciones que algunas casas encuestadoras hacían del posible ganador se vieron afectadas por el ganador de dicha contienda que prácticamente era ubicado en tercer lugar muy lejos del supuesto triunfador que las encuestas daban como “favorito”.
A partir de este momento, las encuestas entraron en un punto de desconfianza y falta de credibilidad bajo el señalamiento de muchos epítetos entre los que figuraba el término “manipulación”. Era común escuchar a ciudadanos de “a pie” expresar sus dudas sobre las encuestas de opinión política dado el grado de “satanización” que se les hizo a las mismas.
En Panamá existen muchas instituciones que pudieran realizar un sondeo político libre de cualquier atadura o interés partidario. Las universidades, por ejemplo, que tienen y gradúan a muchos profesionales en este tema no las veo realizando una encuesta que pueda resultar en un ejercicio académico y profesional que le devuelvan a las encuestas de opinión política su rigor como instrumento de carácter científico.
El autor es sociólogo y docente.
